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¿Manipulación en las Bolsas?
@S. McCoy – 25/07/2009
Y el mercado de acciones estalló. Tras haber amagado con la ruptura a la baja del importante soporte del 878, el S&P 500 ha rebotado con una fuerza inusitada que le ha llevado a romper la fuerte resistencia que el indicador presentaba alrededor de los 950 puntos, lugar de convergencia entre la tendencia bajista de largo plazo iniciada en octubre de 2007 y la alcista de corto que viene de los mínimos de marzo. Las posibles formaciones de hombro, cabeza, hombro cuya confirmación amenazaba con un fuerte recorrido a la baja en caso de materializarse, se han convertido en triples suelos que consolidan el vigor del mercado. La subida, como era previsible, ha sido extraordinariamente virulenta y nos ha dejado a los que preveíamos que la dirección de las bolsas sería la contraria con un palmo de narices.
Como cualquier otro movimiento técnico, detrás de su origen hay que buscar una causa fundamental. Y en esta ocasión no iba a ser menos. Han convergido, por una parte, unos resultados empresariales -fundamental pero no exclusivamente de financieras y tecnológicas, véase el caso de GE- mejores de lo esperado que, en el caso de las firmas del Nasdaq han sido fruto de la capacidad de reacción que la globalización ha propiciado. Aún así las caídas interanuales de beneficios siguen siendo importantes, como nos recuerda este revelador chart. Igualmente, la doctrina de los brotes verdes continúa ganando adeptos en la medida en la que los datos macro sorprenden positivamente y, aunque no se puede de hablar de recuperación propiamente dicha salvo en muy contadas economías, se impone al menos la tesis de la normalización. La conclusión es que el horizonte veraniego se plantea mucho más halagüeño de lo que el dato de paro estadounidense apuntaba hasta hace sólo un par de semanas.
¿Y España? Bueno, el jueves me sugería un lector que destacáramos lo bueno de nuestro país, que es mucho y abundante, que parece que sólo nos fijamos en el lado oscuro de la fuerza zapateril. Bueno, querido Jaime, pues un guiño para ti. El IBEX tira porque se ha convertido en una aproximación bastante certera a la emergencia latinomericana y, en concreto, tanto a México como a Brasil. Por si les cupiera alguna duda, echen un vistazo a estos gráficos de Bloomberg que comparan el comportamiento de los principales selectivos de los tres países tanto desde el inicio del año como a partir de la recuperación que se iniciara a comienzos de marzo. La correlación es prácticamente absoluta. Esto, que en el pasado era un factor de riesgo adicional, se ha convertido ahora en garantía de estabilidad si nos creemos la solida posición financiera de estas naciones, y en especial de la economía brasileña. El IBEX es cada vez más Latibex. Importa menos lo que ocurra dentro de nuestras fronteras.
Sombras de manipulación en el horizonte.
Sin embargo, una sombra de duda acecha sobre la reciente evolución de los mercados financieros a nivel mundial. Las primeras sospechas aparecieron a principios de julio cuando alguno de los blogs más outsiders de Estados Unidos se hicieron eco de la detención de uno de los principales operadores de mercado de Goldman Sachs al que el banco de inversión norteamericano acusaba de haber robado códigos que permitían a la entidad llevar a cabo operaciones de trading de alta frecuencia o Algo Trading, llamados así pues su fundamento último es algorítmico. ¿El fundamento de la Fiscalía? Su potencialidad para manipular las bolsas. Vaya, en manos del individuo, sí; de la entidad, no. Ummmm. En ese mismo post se nos recordaba cómo el 50% del volumen en Estados Unidos corresponde a este tipo de operativa muy de corto plazo que ha sido la heredera cuantitativa natural a esos otros programas que se vieron superados por cisnes no sólo negros sino de todos los colores. Y, por último, que como consecuencia de la detención Goldman, que era el líder indiscutible en esta actividad, había desaparecido del mapa. Suerte que ya estaban cerrados los maravillosos resultados del segundo trimestre.
El Algo Trading o High Frequency Trading (HFT) consiste, en su versión más simplificada, en una rabiosa operativa intradiaria, de extraordinaria rotación y muy bajo margen, que persigue aprovecharse de los diferenciales entre la oferta y la demanda mediante el posicionamiento, según convenga, en uno u otro lado de la ecuación. La ejecución es automatizada y la labor intelectual humana se limita a la creación y mantenimiento de los programas que se convierten, de esta manera, en creadores de mercado, toda vez que los volúmenes que manejan son muy elevados y la rapidez con la que liquidan sus posiciones extraordinaria. ¿Vamos hacia el Reino Bursátil de los Ordenadores? No sé pero, de hecho, cuando uno hace la ronda por los brokers conocidos y les pregunta acerca de la actividad del cliente final en toda esta subida, la respuesta unánime es: por aquí no ha pasado. ¿Entonces?
Entonces, como nos recordaba ayer mismo el New York Times, la respuesta a muchas de las preguntas de los últimos días. Y es que el círculo vicioso es innegable. El HFT permite a la entidad en cuestión obtener suculentas plusvalías a costa, en muchas ocasiones, de inversores que compiten con medios técnicos más limitados; tales resultados positivos, que suponen el 60% del total en un caso como el de Goldman Sachs, disparan la cotización de la firma que arrastra consigo a los principales selectivos mundiales; el mercado se hace direccional con lo que la operativa del HFT, se refuerza y así sucesivamente. Una dinámica difícil e romper y que generó por si sola 21.000 millones de beneficios en 2008. Clavo ardiendo al que aferrarse. Y vaya si se aferran.
Al final del día, aparte de ser un día más viejo, como cantan en Los Miserables, lo que cuenta es el resultado. Y lo que no se puede negar es la evidencia: lo que aventuraba ser un año bursátil desastroso se ha dado la vuelta de forma acelerada llenando los bolsillos de los inversores más avezados. La justificación fundamental existe, aunque se haya visto probablemente superada ya por los acontecimientos. La potencial manipulación, también, con el problema añadido de su difícil ruptura salvo intervención administrativa, que ya se vislumbra en el horizonte. Todo cambia, para seguir igual, de momento. Veremos a ver lo que pasa entonces. ¿Y ahora, qué? Seguir vigilando niveles: las resistencias pasan a ser soportes y en el punto de mira el 1008/1017 del S&P500 que, de romperse, llevaría al indicador al 1.100 que es el objetivo, nuevo, tarde y mal, como casi siempre, de estrategas como los de Credit Suisse y Morgan Stanley. Sean buenos y temerosos de Dios.
Fuente: Cotizalia
¿De crisis financiera a crisis de la deuda?
TRIBUNA: Primer plano KENNETH ROGOFF
KENNETH ROGOFF 13/09/2009
Todo el mundo -desde la reina de Inglaterra hasta los trabajadores de la industria automovilística despedidos en Detroit- quiere saber por qué no hubo más expertos que vieran acercarse la crisis financiera. Se trata de una pregunta embarazosa. ¿Cómo pueden estar tan seguras las autoridades de que la catástrofe financiera no reaparecerá pronto cuando, para empezar, parecieron no tener idea de que semejante crisis ocurriría?
La respuesta no es demasiado tranquilizadora. Esencialmente, sigue existiendo un riesgo de que la crisis financiera esté hibernando, mientras se metamorfosea lentamente en una crisis de deuda gubernamental.
Para bien o para mal, la razón por la que la mayoría de los inversores tienen ahora mucha mayor confianza que hace unos meses es la de que los Gobiernos de todo el mundo han colocado una enorme red de seguridad bajo gran parte del sistema financiero. Al mismo tiempo, han apuntalado las economías incurriendo en déficit en gran escala, mientras que los bancos centrales han reducido los tipos de interés casi a cero.
Pero ¿puede ser la liberalidad de los Gobiernos la última respuesta? Los apoyos de los Gobiernos dan resultado porque los contribuyentes tienen bolsillos profundos, pero ningún bolsillo carece de fondo, y cuando los Gobiernos, en particular los grandes, tienen problemas, no hay apoyo al que recurrir. Con unos niveles de deuda en todo el mundo que sólo se ven después de guerras, es evidente que la estrategia actual no es sostenible.
Si la trayectoria es insostenible, ¿por cuánto tiempo puede seguir acumulándose la deuda? No lo sabemos. Los economistas académicos han creado instrumentos útiles para predecir qué economías son las más vulnerables ante una crisis financiera, pero, aunque podemos descubrir las vulnerabilidades, determinar el momento oportuno resulta virtualmente imposible.
Nuestros modelos revelan que en teoría incluso una economía que está excesivamente apalancada puede avanzar laboriosamente durante años, durante muchos decenios incluso, antes de estrellarse y arder. Todo se reduce a una cuestión de confianza y coordinación de las perspectivas, que, a su vez, dependen de los antojos de la naturaleza humana. Así, podemos decir qué países son más vulnerables, pero especificar exactamente dónde y cuándo harán erupción las crisis es prácticamente imposible.
Una buena analogía es la predicción de los ataques al corazón. Una persona obesa, con hipertensión y niveles elevados de colesterol tiene, estadísticamente, muchas más probabilidades de sufrir un ataque al corazón o una apoplejía graves que una persona que carezca de todas esas vulnerabilidades y, sin embargo, personas con gran riesgo pueden pasar a menudo decenios sin problemas. Al mismo tiempo, las personas que parecen tener poco riesgo son también vulnerables a los ataques al corazón.
Naturalmente, la vigilancia minuciosa brinda en potencia información muy útil para prevenir los ataques al corazón. Sin embargo, sólo es útil, en última instancia, si se somete a la persona a un tratamiento y si ésta tal vez emprende un importante cambio en su forma de vida.
Lo mismo es aplicable a los sistemas financieros. Una buena vigilancia brinda información que sólo es útil si hay una respuesta. Lamentablemente, vivimos en un mundo en el que el sistema político y regulador es con frecuencia muy débil y corto de miras.
De hecho, ninguna economía es inmune a las crisis financieras, por mucho que los inversores y los dirigentes intenten convencerse de lo contrario, como Carmen Reinhart y yo mostramos en nuestro nuevo libro, irónicamente titulado This time is different. Eight centuries of financial folly (Esta vez es diferente. Ocho siglos de insensatez financiera). Ahora mismo, la última insensatez sobre lo de que esta vez es diferente es la de que, como los Gobiernos están cargando sobre sus hombros toda esa deuda, los demás no tenemos por qué preocuparnos.
Se nos asegura constantemente que los Gobiernos no dejarán de pagar sus deudas. En realidad, los Gobiernos de todo el mundo dejan de hacerlo con pasmosa regularidad, ya sea abiertamente o mediante la inflación. Incluso Estados Unidos, por ejemplo, redujo en gran medida su deuda mediante la inflación en la década de los setenta y también el valor del dólar en relación con el oro de 20 dólares por onza a 34 en el decenio de 1930.
Por ahora, la buena noticia es la de que mientras el crédito gubernamental se sostenga, se contendrá la crisis. La mala noticia es la de que el ritmo al que se está acumulando la deuda gubernamental podría propiciar fácilmente una segunda oleada de crisis financieras dentro de unos años.
Lo más preocupante es la enorme dependencia de Estados Unidos respecto de los créditos exteriores, en particular de China: desequilibrio que probablemente plantará las semillas de la crisis actual. Los asiáticos reconocen que, si siguen acumulando deuda en papel, corren el riesgo de sufrir la misma suerte que los europeos hace tres decenios cuando acumularon deuda de EE UU, se fundió espectacularmente mediante la inflación.
La pregunta que debemos hacernos hoy no es la de por qué nadie está advirtiendo sobre la próxima crisis, cosa que sí que se está haciendo, sino la de si los dirigentes políticos están prestando atención. El ajuste de los insostenibles niveles de déficit gubernamental es una cuestión decisiva que los dirigentes del G-20 deben plantearse cuando se reúnan en Pittsburg este mes. De lo contrario, la reina Isabel II y los trabajadores de la industria automovilística de Detroit volverán a preguntarse muy pronto por qué nadie la vio acercarse.
Fuente: El País
Un año después
ANÁLISIS: Primer plano
JEFFREY D. SACHS 13/09/2009
Ha transcurrido casi un año desde que la economía mundial se tambaleaba al borde de la calamidad. En el transcurso de tres días, desde el 15 hasta el 17 de septiembre de 2008, Lehman Brothers se declaró en bancarrota, la megaaseguradora AIG pasó a estar en manos del Gobierno de EE UU y el simbólico Merril Lynch de Wall Street fue absorbido después de quebrar por el Bank of America gracias a un acuerdo facilitado y financiado por el Gobierno estadounidense. A renglón seguido se desató el pánico y el crédito dejó de circular. Las empresas no financieras eran incapaces de obtener capital para funcionar, y todavía menos fondos para inversiones a largo plazo. Una depresión parecía posible.
Ahora la tormenta ha amainado. Meses de medidas de emergencia tomadas por los principales bancos centrales del mundo evitaron que los mercados financieros se desplomaran. Cuando los bancos dejaron de proveer liquidez a corto plazo a otros bancos y empresas industriales, los bancos centrales llenaron el vacío. Como consecuencia, las principales economías evitaron un desplome del crédito y de la producción. La sensación de pánico se ha aplacado. Los bancos han vuelto a prestarse dinero unos a otros.
Aunque se ha evitado lo peor, la situación sigue siendo dolorosa. La crisis culminó en el hundimiento de los precios de los activos a finales de 2008. Las familias de clase media y acaudaladas de todo el mundo se sentían más pobres y por consiguiente redujeron drásticamente el gasto. Los precios del petróleo y los alimentos se pusieron por las nubes y contribuyeron a causar más dolor y, por tanto, a la recesión. Las empresas eran incapaces de vender su producción, lo cual provocó recortes y despidos. El aumento del desempleo agravó la pérdida de riqueza de los hogares, lo cual puso a las familias en grave peligro económico e indujo recortes adicionales en el gasto de los consumidores.
El gran problema ahora es que el paro sigue aumentando en EE UU y en Europa, porque el crecimiento es demasiado lento para crear suficientes puestos de trabajo. La deslocalización sigue sintiéndose en todo el mundo.
Se ha desatado un acalorado debate en torno al denominado "gasto en medidas de estímulo" en EE UU, Europa y China. Dicho gasto pretende compensar el declive en el consumo de las familias y en las inversiones de las empresas con desembolsos más elevados del Gobierno o con incentivos fiscales. En EE UU, por ejemplo, aproximadamente un tercio del plan de estímulo de 800.000 millones de dólares se compone de rebajas fiscales (para incentivar el gasto del consumidor); otro tercio consiste en desembolsos públicos para carreteras, colegios, energía y otras infraestructuras, y el último tercio adopta la forma de transferencias federales a gobiernos estatales y locales para sanidad, seguros de desempleo, salarios para los colegios y otras cosas por el estilo.
Las medidas para estimular la economía despiertan controversia porque aumentan los déficits presupuestarios y, por consiguiente, implican la necesidad de recortar el gasto o subir los impuestos en un futuro próximo. La pregunta es si conseguirán que la producción y el empleo se recuperen a corto plazo y, de ser así, si harán lo bastante para compensar los inevitables problemas presupuestarios que se avecinan.
La verdadera efectividad de estos paquetes de medidas no está clara. Supongamos que el Gobierno concede una rebaja fiscal para aumentar el dinero que los consumidores se llevan a casa. Si los consumidores esperan que sus impuestos suban en el futuro, es posible que decidan ahorrar esa rebaja fiscal en lugar de aumentar el consumo. En ese caso, el estímulo tendrá poco impacto positivo en el gasto de las familias y empeorará el déficit presupuestario.
Una primera valoración de las medidas de estímulo da a entender que el programa de China ha funcionado bien. La drástica caída de las exportaciones chinas a EE UU se ha visto compensada por un aumento acusado del gasto del Gobierno chino en infraestructuras: por ejemplo, en la construcción del metro en las ciudades más grandes de China.
En EE UU, el veredicto no está tan claro. Es probable que la rebaja fiscal se haya ahorrado en lugar de gastado. El componente de las infraestructuras todavía no se ha invertido debido a los prolongados retrasos a la hora de transformar el plan de estímulo estadounidense en verdaderos proyectos de construcción. La tercera parte -las transferencias a los gobiernos estatales y locales- ha conseguido casi con toda seguridad que se mantenga el gasto en escuelas, sanidad y los parados.
En resumen, las medidas de estímulo en EE UU probablemente hayan tenido un efecto positivo aunque pequeño sobre el gasto, pero no decisivo para la economía. Es más, la preocupación por el enorme déficit presupuestario, que ahora ronda los 1,8 billones de dólares al año (el 12% del PIB), seguramente aumentará, lo cual no sólo creará una enorme incertidumbre en la política y los mercados financieros, sino que también disminuirá la confianza de los consumidores a medida que las familias centren su atención en los posibles recortes presupuestarios y subidas de impuestos en el futuro. EE UU ha alcanzado los límites prácticos de la dependencia del gasto en estímulos a corto plazo, y tendrá que empezar a recortar el déficit presupuestario y a fomentar vías alternativas hacia el crecimiento.
Cuando la crisis empeoró hace un año, Barack Obama introdujo en la campaña presidencial el tema de la "recuperación verde", basada en un repunte de la inversión en energías renovables, nuevos vehículos eléctricos, edificios verdes eficientes y una agricultura razonable desde un punto de vista ecológico. Al desatarse la batalla contra el pánico financiero, la atención política se alejó de esa recuperación verde. Ahora EE UU necesita volver a esta importante idea.
Los consumidores agobiados por las deudas en EE UU y en Europa reducirán el gasto en los próximos años para recuperar su riqueza y sus pensiones. Pero la consiguiente falta de actividad económica nos brinda la oportunidad -y necesidad- histórica de compensar el bajo gasto del consumidor con un aumento del gasto en inversión en tecnologías sostenibles.
La política gubernamental en EE UU y otros países ricos debería estimular esas inversiones mediante incentivos especiales. Éstos incluyen un sistema de límites e intercambio de los derechos de emisión de gases de efecto invernadero, subvenciones para la investigación y desarrollo de tecnologías sostenibles, tarifas especiales e incentivos reguladores para las energías renovables, subvenciones para los consumidores y otros incentivos para la utilización de nuevas tecnologías verdes y la puesta en práctica de programas de infraestructuras verdes, como el transporte de masas.
El mundo rico también debería ofrecer a los países más pobres becas y préstamos a bajo interés para comprar tecnologías para energías sostenibles, como la solar y la geotérmica. El hacerlo contribuiría a la recuperación mundial, mejoraría la sostenibilidad medioambiental a largo plazo y aceleraría el desarrollo económico.
Esta crisis puede constituir una oportunidad para apartarnos del camino de las burbujas financieras y el consumo excesivo y seguir la vía del desarrollo sostenible. De hecho, el aprovechar esta oportunidad es la única receta que nos queda para un crecimiento verdadero.
Fuente: El País
¿Cómo pudieron equivocarse tanto los economistas?
TRIBUNA: Primer plano PAUL KRUGMAN
PAUL KRUGMAN 13/09/2009
I. CONFUNDIENDO LA BELLEZA CON LA VERDAD
Es difícil creerlo ahora, pero no hace tanto tiempo los economistas se felicitaban mutuamente por el éxito de su especialidad. Estos éxitos -o al menos así lo creían ellos- eran tanto teóricos como prácticos y conducían a la profesión a su edad dorada.
En el aspecto teórico, creían que habían resuelto sus disputas internas. Así, en un trabajo titulado The State of Macro (es decir, de la macroeconomía, el estudio de cuestiones panorámicas como lo son las recesiones), Olivier Blanchard, del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), actualmente economista jefe del Fondo Monetario Internacional, declaraba que había habido "una amplia convergencia de puntos de vista".
Y en el mundo real, los economistas creían que tenían las cosas bajo control: "El problema central de la prevención de la depresión está resuelto", declaraba Robert Lucas, de la Universidad de Chicago, en su discurso inaugural como presidente de la American Economic Association en 2003. En 2004, Ben Bernanke, un antiguo profesor en Princeton que ahora preside la Reserva Federal, celebraba la Gran Moderación del comportamiento económico comparado con las dos décadas precedentes, y que atribuía en parte al mejorado desempeño de la política económica.
El año pasado, todo esto se vino abajo.
En el despertar de la crisis, las líneas de falla de la profesión de economista han bostezado con más amplitud que nunca. Lucas dice que los planes de estímulo de la Administración de Obama son "economía de baratija" y su colega de Chicago John Cochrane dice que están basados en desacreditados "cuentos de hadas". Como respuesta, Brad DeLong, de la Universidad de California en Berkeley, escribe sobre el "derrumbe intelectual" de la Escuela de Chicago, y yo mismo he escrito que estos comentarios de los economistas de Chicago son el producto de una Edad Oscura de la macroeconomía, donde el conocimiento tan arduamente conseguido ha quedado olvidado.
¿Qué le ha sucedido a la profesión de economista? ¿Y adónde va a partir de ahora?
II. DE SMITH A KEYNES Y VUELTA ATRÁS
El nacimiento de la economía como disciplina se atribuye habitualmente a Adam Smith, quien publicó La Riqueza de las Naciones en 1776. Durante los siguientes 160 años se desarrolló un extenso cuerpo de economía teórica, cuyo mensaje central era: confía en el mercado. Ésta era la presunción básica de la economía neoclásica (llamada así al haber sido elaborada por los teóricos de finales del siglo XIX sobre conceptos de sus predecesores clásicos).
Esta fe, sin embargo, quedó hecha pedazos por la Gran Depresión. Con el tiempo, la mayoría de los economistas sustentó las consideraciones de John Maynard Keynes tanto acerca de la explicación de lo que había pasado como de la solución de futuras depresiones.
A pesar de lo que usted haya podido oír, Keynes no quería que el gobierno dirigiera la economía. En su obra capital, Teoría general del empleo, el interés y el dinero, escrita en 1936, él mismo describió su análisis como "moderadamente conservador en sus repercusiones". Quería organizar el capitalismo, no reemplazarlo. Pero cuestionó la noción de que las economías de libre mercado puedan funcionar sin un vigilante. Y apeló a la activa intervención del gobierno -imprimiendo más moneda y, si fuera necesario, con un fuerte gasto en obras públicas- para combatir el desempleo durante las depresiones.
La historia de la economía a lo largo del último medio siglo es, en gran medida, la historia de una retirada del keynesianismo y de un retorno al neoclasicismo. El renacer neoclásico fue guiado inicialmente por Milton Friedman, de la Universidad de Chicago, quien afirmó ya en 1953 que la economía neoclásica sirve adecuadamente como descripción del modo en que la economía funciona realmente, al ser "extremadamente fructífera y merecedora de plena confianza". Pero ¿qué hay de las depresiones?
El contraataque de Friedman contra Keynes comenzó con la doctrina conocida como monetarismo. Los monetaristas, en principio, no discrepaban de la idea de que una economía de mercado necesite una deliberada estabilización. Los monetaristas afirmaban, sin embargo, que una intervención gubernamental muy limitada y restringida -a saber, instruir a los bancos centrales a mantener el flujo del dinero, la suma del efectivo circulante y los depósitos bancarios creciendo a ritmo estable- es todo lo que se requería para prevenir depresiones.
Friedman empleó un argumento convincente contra cualquier esfuerzo deliberado del gobierno por reducir el desempleo por debajo de su nivel natural(actualmente calculado en torno al 4,8% en Estados Unidos): las políticas excesivamente expansionistas, predijo, llevarían a una combinación de inflación y alto desempleo; una predicción que fue confirmada por la estanflación de los años setenta, la cual impulsó en gran medida la credibilidad del movimiento antikeynesiano. A la postre, sin embargo, la posición de Friedman vino a resultar relativamente moderada comparada con la de sus sucesores.
Por su parte, ciertos macroeconomistas consideraban que las recesiones eran algo bueno que formaba parte del ajuste al cambio de una economía. E incluso quienes no eran partidarios de llegar tan lejos argüían que cualquier intento de enfrentarse a una depresión económica provocaría más mal que bien.
Muchos macroeconomistas llegaron a autoproclamarse como neokeynesianos, ya que seguían creyendo en el papel activo del gobierno. Aun así, la mayoría aceptaba la noción de que inversores y consumidores son racionales y que los mercados por lo general lo hacen bien.
Por supuesto que unos pocos economistas no aceptaban la asunción del comportamiento racional, cuestionaban la creencia de que los mercados financieros merecen confianza y hacían ver la larga historia de crisis financieras que tuvieron devastadoras consecuencias económicas. Pero eran incapaces de hacer muchos progresos frente a una complacencia que, vista retrospectivamente, era tan omnipresente como insensata.
III. FINANZAS DE CASINO
En los años treinta, los mercados financieros, por razones obvias, no suscitaron mucho respeto. Keynes consideró que era una mala idea la de dejar a semejantes mercados, en los que los especuladores pasaban su tiempo tratando de pisarse la cola el uno al otro, que dictaran decisiones importantes de negocios: "Cuando el desarrollo del capital de un país se convierte en un subproducto de las actividades de un casino, es muy probable que el trabajo resulte mal hecho".
Hacia 1970 más o menos, sin embargo, la discusión sobre la irracionalidad del inversor, sobre las burbujas, sobre la especulación destructiva, había desaparecido virtualmente del discurso académico. El terreno estaba dominado por la hipótesis del mercado eficiente, promulgada por Eugene Fama, de la Universidad de Chicago, la cual sostiene que los mercados financieros valoran los activos en su preciso valor intrínseco si se da toda la información públicamente disponible.
Y por los años ochenta, hubo economistas financieros, en particular Michael Jensen, de la Harvard Business School, que defendían que, dado que los mercados financieros siempre aciertan con los precios, lo mejor que pueden hacer los jefes de las empresas, no sólo en su provecho sino en beneficio de la economía, es maximizar los precios de sus acciones. En otras palabras, los economistas financieros creían que debemos poner el desarrollo del capital de la nación en manos de lo que Keynes había llamado un "casino".
El modelo teórico desplegado por los economistas financieros al asumir que cada inversor equilibra racionalmente riesgo y recompensa -el llamado CapitalAsset Pricing Model, o CAPM (pronúnciese cap-em)- es maravillosamente elegante. Y si uno acepta sus premisas también es algo sumamente útil. Este CAPM no sólo te dice cómo debes elegir tu cartera de inversiones, sino, lo que es incluso más importante desde el punto de vista de la industria financiera, te dice cómo poner precio a los derivados financieros. La elegancia y aparente utilidad de la nueva teoría produjo una sucesión de premios Nobel para sus creadores, y muchos profesores de escuelas de negocios se convirtieron en ingenieros espaciales de Wall Street, ganando salarios de Wall Street.
Para ser justos, los teóricos de las finanzas produjeron gran cantidad de pruebas estadísticas, lo que en un principio pareció de gran ayuda. Pero esta documentación era de un formato extrañamente limitado. Los economistas financieros rara vez hacían la pregunta aparentemente obvia (aunque no de fácil contestación) de si los precios de los activos tenían sentido habida cuenta de fundamentos del mundo real, tales como los ingresos. En lugar de ello, sólo preguntaban si los precios de los activos tenían sentido habida cuenta de los precios de otros activos.
Pero los teóricos de las finanzas continuaron creyendo que sus modelos eran esencialmente correctos, y así lo hizo también mucha gente que tomaba decisiones en el mundo real. No fue el menos importante de ellos Alan Greenspan, quien era entonces el presidente de la Reserva Federal y que durante mucho tiempo respaldó la desregulación fiscal, cuyo rechazo a los avisos de poner freno a los créditos subprime o de enfrentarse a la creciente burbuja inmobiliaria descansaban en buena parte en la creencia de que la economía financiera moderna lo tenía todo bajo control.
En octubre del pasado año, sin embargo, Greenspan admitió encontrarse en un estado de "conmocionada incredulidad", debido a que "todo el edificio intelectual" se había "derrumbado".
IV. NADIE PODÍA HABERLO PREDICHO…
En los recientes y atribulados debates sobre economía se ha generalizado una frase clave: "Nadie podía haberlo predicho…". Es lo que uno dice con relación a desastres que podían haber sido predichos, debieran haber sido predichos y que realmente fueron predichos por unos pocos economistas que fueron tomados a broma por tomarse tal molestia.
Tomemos, por ejemplo, el precipitado auge y caída de los precios de la vivienda. Algunos economistas, en particular Robert Shiller, identificaron la burbuja y avisaron de sus dolorosas consecuencias si llegaba a reventar. Pero, aún en 2004, Alan Greenspan descartó hablar de burbuja inmobiliaria: "Una grave distorsión nacional de precios", declaró, era "muy improbable". El incremento en el precio de la vivienda, dijo Ben Bernanke en 2005, "en gran medida es el reflejo de unos fuertes fundamentos económicos".
¿Cómo no se dieron cuenta de la burbuja? Para ser justo, los tipos de interés eran inusualmente bajos, lo que posiblemente explica parte del alza de precios. Puede ser que Greenspan y Bernanke también quisieran celebrar el éxito de la Reserva Federal en sacar a la economía de la recesión de 2001; conceder que buena parte de tal éxito se basara en la creación de una monstruosa burbuja debiera haber puesto algo de sordina a esos festejos.
Pero había algo que estaba sucediendo: una creencia general de que las burbujas sencillamente no tienen lugar. Lo que llama la atención, cuando uno vuelve a leer las garantías de Greenspan, es que no estaban basadas en la evidencia, sino que estaban basadas en el aserto apriorístico de que simplemente no puede haber una burbuja en el sector inmobiliario.
Y los teóricos de las finanzas eran todavía más inflexibles en este punto. En una entrevista realizada en 2007, Eugene Fama, padre de la hipótesis del mercado eficiente, declaró que "la palabra burbuja me saca de quicio" y continuó explicando por qué podemos fiarnos del mercado inmobiliario: "Los mercados inmobiliarios son menos líquidos, pero la gente es muy cuidadosa cuando compra casas. Se trata normalmente de la mayor inversión que van a hacer, de manera que estudian el asunto con cuidado y comparan precios".
De hecho, los compradores de casas comparan concienzudamente el precio de su compra potencial con los precios de otras casas. Pero eso no dice nada sobre si el precio en general de las casas está justificado.
En pocas palabras, la fe en los mercados financieros eficientes cegó a muchos, si no a la mayoría, de los economistas ante la aparición de la mayor burbuja financiera de la historia. Y la teoría del mercado eficiente también desempeñó un significante papel en inflar esa burbuja hasta ese primer puesto.
Ahora que ha quedado al descubierto la verdadera peligrosidad de los activos supuestamente seguros, las familias de Estados Unidos han visto evaporarse su dinero por valor de 13 billones de dólares. Se han perdido más de 6 millones de puestos de trabajo y el índice de desempleo alcanza su más alto nivel desde 1940. Así que ¿qué orientación tiene que ofrecer la economía moderna ante el presente aprieto? ¿Y deberíamos fiarnos de ella?
V. LA PELEA POR EL ESTÍMULO
Durante una recesión normal, la Reserva Federal responde comprando Letras del Tesoro -deuda pública a corto plazo- de los bancos. Esto hace bajar los tipos de interés de la deuda pública; los inversores, al buscar un tipo de rendimiento más alto, se mueven hacia otros activos, haciendo que bajen también otros tipos de interés; y normalmente esos bajos tipos de interés finalmente conducen a la recuperación económica. La Reserva Federal abordó la recesión que comenzó en 1990 bajando los tipos de interés a corto plazo del 9% al 3%. Abordó la recesión que comenzó en 2001 bajando los tipos de interés del 6,5% al 1%. E intentó abordar la actual recesión bajando los tipos de interés del 5,25% al 0%.
Pero resultó que el cero no es lo suficientemente bajo como para acabar con esta recesión. Y la Reserva Federal no puede poner los tipos a menos de cero, ya que con tipos próximos al cero los inversores sencillamente prefieren acaparar efectivo en lugar de prestarlo. De tal modo que a finales de 2008, con los tipos de interés básicamente en lo que los macroeconomistas llaman zero lower bound, o límite inferior cero, como quiera que la recesión continuaba ahondándose, la política monetaria convencional había perdido toda su fuerza de tracción.
¿Y ahora qué? Ésta es la segunda vez que Estados Unidos se ha tenido que enfrentar al límite inferior cero, habiendo sido la Gran Depresión la ocasión precedente. Y fue precisamente la observación de que hay un límite inferior a los tipos de interés lo que llevó a Keynes a abogar por un mayor gasto público: cuando la política monetaria es infructuosa y el sector privado no puede ser persuadido para que gaste más, el sector público tiene que ocupar su lugar en el sostenimiento de la economía. El estímulo fiscal es la respuesta keynesiana al tipo de situación económica depresiva en la que estamos inmersos.
Tal pensamiento keynesiano subyace en las políticas económicas de la Administración de Obama. John Cochrane, de la Universidad de Chicago, indignado ante la idea de que el gasto gubernamental pudiera mitigar la última recesión, declaró: "Eso no forma parte de lo que todos hemos enseñado a los estudiantes graduados desde los años sesenta. Ésas (las ideas keynesianas) son cuentos de hadas que han demostrado ser falsas. Es muy reconfortante en los momentos de tensión volver a los cuentos de hadas que escuchamos de niños, pero eso no los hace menos falsos".
Pero como ha señalado Brad DeLong, la actual postura académica viene también siendo de generalizado rechazo a las ideas de Milton Friedman. Friedman creía que la política de la Reserva Federal, más que para cambios en el gasto público, debía ser utilizada para estabilizar la economía, pero nunca afirmó que un aumento del gasto público no puede, en cualesquiera circunstancias, aumentar el empleo. De hecho, al volver a leer el sumario de las ideas de Friedman de 1970, Un marco teórico del análisis monetario, lo que llama la atención es lo keynesiano que parece.
Y ciertamente Friedman nunca se creyó la idea de que el paro masivo represente una voluntaria reducción del esfuerzo de trabajo o la idea de que las recesiones en realidad sean buenas para la economía. Sin embargo, Casey Mulligan, también de Chicago, sugiere que el desempleo es tan elevado porque muchos trabajadores están optando por no aceptar trabajos.
Ha sugerido, en particular, que los trabajadores están prefiriendo seguir desempleados porque ello mejora sus probabilidades de recibir ayudas a sus deudas hipotecarias. Y Cochrane declara que el alto desempleo en realidad es bueno: "Debiéramos tener una recesión. La gente que pasa su vida machacando clavos en Nevada necesita algo distinto que hacer".
Personalmente, pienso que eso es una locura. ¿Por qué debería el desempleo masivo en todo el país hacer que los carpinteros se fueran de Nevada? ¿Puede alguien alegar seriamente que hemos perdido 6,7 millones de puestos de trabajo porque hay pocos estadounidenses que quieran trabajar? Claro que si empiezas por asumir que la gente es perfectamente racional y los mercados perfectamente eficientes, tienes que llegar a la conclusión de que el desempleo es voluntario y la recesión es deseable.
VI. DEFECTOS Y FRICCIONES
La economía, como disciplina, se ha visto en dificultades debido a que los economistas fueron seducidos por la visión de un sistema de mercado perfecto y sin fricciones. Si la profesión ha de redimirse a sí misma tendrá que reconciliarse con una visión menos seductora, la de una economía de mercado que tiene unas cuantas virtudes pero que está también saturada de defectos y de fricciones.
Existe ya un modelo bastante bien desarrollado del tipo de economía que tengo en mente: la escuela de pensamiento conocida como finanzas conductuales. Quienes practican este planteamiento ponen el énfasis en dos cosas. Primero, en el mundo real hay muchos inversores que tienen un escaso parecido con los fríos calculadores de la teoría del mercado eficiente: casi todos están demasiado sometidos al comportamiento de la manada, a ataques de entusiasmo irracional y de pánicos injustificados. Segundo, incluso aquellos que tratan de basar sus decisiones en el frío cálculo se encuentran con que a menudo no pueden, que los problemas de confianza, de credibilidad y de garantías limitadas les fuerzan a ir con la manada.
Entretanto ¿qué ocurre con la macroeconomía? Los acontecimientos recientes han refutado de manera decisiva la idea de que las recesiones son una óptima respuesta a las fluctuaciones en los índices del progreso tecnológico; un punto de vista más o menos keynesiano es la única alternativa plausible. Pero los modelos del neokeynesianismo estándar no dejan espacio para una crisis como la que estamos padeciendo, ya que esos modelos generalmente aceptaron el punto de vista del sector financiero sobre el mercado eficiente.
Una línea de trabajo, encabezada por nada menos que Ben Bernanke en colaboración con Marc Gertler, de la Universidad de Nueva York, ha puesto el acento en el modo en el que la carencia de garantías suficientes puede dificultar la capacidad de los negocios para recabar fondos y forjar oportunidades de inversión. Una línea de trabajo similar, en gran parte establecida por mi colega de Princeton Nobuhiro Kiyotaki y por John Moore, de la London School of Economics, sostenía que los precios de activos tales como las propiedades inmobiliarias pueden sufrir desplomes de los que salen fortalecidos pero que, a cambio, deprimen a la economía en su conjunto. Pero hasta ahora el impacto de las finanzas disfuncionales no ha llegado ni siquiera al núcleo de la economía keynesiana. Claramente, eso tiene que cambiar.
VII. RECUPERANDO A KEYNES
Así que esto es lo que pienso que tienen que hacer los economistas. Primero, tienen que enfrentarse a la incómoda realidad de que los mercados financieros distan mucho de la perfección, de que están sometidos a falsas ilusiones extraordinarias y a las locuras de mucha gente. Segundo, tienen que admitir que la economía keynesiana sigue siendo el mejor armazón que tenemos para dar sentido a las recesiones y las depresiones. Tercero, tienen que hacer todo lo posible para incorporar las realidades de las finanzas a la macroeconomía.
Al replantearse sus propios fundamentos, la imagen que emerge ante la profesión puede que no sea tan clara; seguramente no será nítida, pero podemos esperar que tenga al menos la virtud de ser parcialmente acertada.
Fuente: El País
El ‘error Lehman’
REPORTAJE: Primer plano
El mundo aún sufre las consecuencias de la caída del gigante de Wall Street
CLAUDI PÉREZ 13/09/2009
Mediados de septiembre de 2008. Nueva York está casi otoñal. Es el momento idóneo para darse un garbeo por Central Park, pero en esa ciudad que vendió su alma a los especuladores la acción suele suceder unas calles más abajo: esta vez, en una lujosa oficina del piso 31 de la sede del poderoso banco de inversión Lehman Brothers, en el número 745 de la Séptima Avenida. Su presidente ejecutivo, Richard Fuld, está pensando lo impensable. Pide a un experto en quiebras que prepare los papeles necesarios por si el banco se hunde. "La Administración no te va a dejar caer", replica el incrédulo abogado. "Sería como si el Gobierno mismo quebrara. Como si Roma vendiera el Vaticano a los japoneses para convertirlo en un hotel y contratara al Papa como botones", bromea. Apenas unas horas después, sucede lo inimaginable: Lehman cae. Y cientos de empleados del banco empiezan a vaciar el edificio.
No había en el mundo banqueros más arrogantes y despiadados que los de Lehman Brothers. Por eso, la potencia visual de esas imágenes, la cola de jóvenes ejecutivos cabizbajos llevándose sus pertenencias en cajas de cartón, puede ser el equivalente en esta crisis a las fotos en blanco y negro de la Gran Depresión del siglo pasado.
Los jugosos diálogos entre Fuld y su abogado despuntan en los primeros planos de Los últimos días de Lehman Brothers, un drama producido por la BBC que se ha emitido esta semana en la cadena pública británica. Pero el auténtico drama empieza el 15 de septiembre de 2008. La crisis financiera deviene tras ese día en la mayor recesión desde la Segunda Guerra Mundial. Se esfuman los ahorros de los miles de incautos que confiaron en las promesas de un mundo en el que la innovación financiera y la autorregulación de los mercados acabarían con las crisis, que son algo tan viejo como el capitalismo. A partir de esa sorprendente bancarrota, millones de personas empiezan a perder su empleo por todo el planeta en una película con un metraje interminable: un año después, apenas se vislumbra el final de la historia.
Las crisis no suceden de repente. El Muro de Berlín no cayó de un día para otro. Tampoco Lehman, cuya quiebra es precisamente algo así como la caída del muro para una determinada forma de entender el capitalismo. Todo lo que hay detrás de ese 15 de septiembre es la prehistoria. Es verdad que apenas tres años antes no sucedía nada fuera de lo común -al menos, en apariencia-, excepto la incapacidad de un grupo de familias norteamericanas para pagar sus créditos inmobiliarios. Sin embargo, a lo largo de 2007, las hipotecas basura, concedidas a gente con un mal historial crediticio que dejó de pagar cuando pinchó la burbuja inmobiliaria en EE UU, empiezan a llevarse por delante al sistema financiero. El sector lleva años engordando demasiado, con unos niveles de riesgo y de endeudamiento insostenibles. Pese a los intentos de los bancos centrales por actuar como cortafuegos, la globalización extiende el virus con rapidez. "Salió a la superficie un sistema bancario en la sombra, creado por los propios bancos para saltarse las normas, que arrasaba todo lo que tocaba", describe Jordi Galí, catedrático de la Universidad Pompeu Fabra.
Las innovaciones financieras que la banca vendía como la panacea han resultado ser armas de destrucción masiva. "Los ejecutivos hicieron apuestas enormemente arriesgadas, operaron en el límite y más allá del límite de las reglas, e incluso ahora siguen poco dispuestos a reconocerlo, pero consiguieron lo nunca visto: que ni los propios banqueros confiaran en la banca", asegura Charles Wyplosz, catedrático de Economía Internacional del Graduate Institute de Ginebra. En efecto, ya antes de caer Lehman nadie se fía de nadie: ni siquiera los bancos de sí mismos. La confianza empieza a esfumarse y en la primavera de 2008 se hunde Bear Stearns. En verano, las gigantescas hipotecarias Freddie Mac y Fannie Mae. Pero en el último momento siempre sale al rescate el Estado: la Administración de George W. Bush encuentra un comprador para Bear Stearns a cambio de cubrir las pérdidas. Y el presidente, apóstol del mercado libre, se ve obligado a nacionalizar Freddie y Fannie.
Tras un fusible, siempre salta otro, y en septiembre del año pasado Lehman tiene todos los números para ser la próxima víctima. Es el siguiente de la lista. Y basta con que los mercados crean que algo va a suceder para que suceda: los economistas llaman a eso la paradoja de la profecía autocumplida. Un ex alto ejecutivo de Lehman que prefiere guardar el anonimato relata esos momentos de incertidumbre: "La operativa de banca de inversión pura y dura era impecable: Lehman era la crème de la crème. Pero a finales de 2007 Fuld comete un error de bulto: piensa que la crisis no va a ir a más y empieza a endeudarse con ayuda de los productos estructurados en el maltrecho sector inmobiliario americano, cuya burbuja no ha hecho más que empezar a deshincharse. Ése será el principio del fin". Aun así, ni Fuld ni nadie en Wall Street piensa que Washington vaya a permitir una quiebra de ese calibre. Segundo y definitivo error: el guión dará entonces un giro inesperado.
Durante el fin de semana del viernes 12 al domingo 14 de septiembre, cuenta el economista francés Jacques Attali en su último libro, los grandes banqueros de Wall Street discuten con el secretario del Tesoro, Hank Paulson, y el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, un plan para confinar los activos tóxicos de Lehman creando un banco malo, para ubicar el resto en un buen banco que comprarán Barclays y
Bank of America. Todos están convencidos de que Paulson y Bernanke se harán cargo de las pérdidas, como han hecho en casos parecidos hasta ese momento. Pero eso no ocurre y la Administración de Bush rechaza cualquier tipo de intervención. Decide dar una lección, castigar a los malos y lanzar un aviso: el Estado no va a salir siempre al rescate.
Para muchos expertos se trata del mayor error de política económica en más de medio siglo. Para algunos -cada vez más-, quizá no es para tanto.
Durante la presente crisis hay una constante, y es que aun cuando las autoridades creen estar preparándose para el peor escenario, la realidad lo supera. Eso es exactamente lo que acaba sucediendo con Lehman: la quiebra desata el pánico en los mercados de financiación a corto plazo. Los bancos, que no sabían exactamente lo que Lehman les debía y no les devolvería, dejan de prestar (y de prestarse) dinero. Dejan de aceptar incluso papel comercial de las empresas y el huracán financiero se convierte en una fenomenal recesión, con los empresarios ahogados por la falta de liquidez. Las cosas se les van de las manos y Paulson y Bernanke se ven obligados a salir al rescate de la gigantesca aseguradora AIG sólo unas horas después de permitir la quiebra de Lehman. La tormenta no cesa y el sistema entero se sitúa a un paso del abismo.
Pero entonces Paulson y Bernanke consiguen meter el suficiente miedo en el cuerpo a los políticos como para que el Congreso apruebe contrarreloj un plan de medio billón de euros que permite salvar a Goldman Sachs y Morgan Stanley, la aristocracia de la banca de inversión. "Es el final de EE UU como superpotencia", afirma el ministro de Finanzas alemán, Peer Steinbrück. Sólo unas horas después tiene que tragarse esas palabras: también Alemania, Reino Unido y el resto de gobiernos se ven obligados a lanzar salvavidas a un sector financiero en ruinas, y poco más tarde empiezan los multimillonarios planes de estímulo que evitan una segunda Gran Depresión.
"Es increíble que sólo seis meses después de la quiebra de Bear Stearns la Administración no tuviera un plan de contingencia y no alcanzara a ver que dejar caer Lehman Brothers provocaría una debacle que dejó una factura multimillonaria y todo el sistema al borde del colapso", critica Luigi Zingales, de la Universidad de Chicago. "Esa falta de previsión es un desastre. Peor aún fueron los bandazos posteriores: con la nacionalización de AIG nadie entendía nada, a quién se salvaba y a quién no. Eso creó una incertidumbre fenomenal: lo peor que puede pasar en tiempos de zozobra es que las autoridades pierdan credibilidad", añade.
Pero Zingales cree que el error Lehman tiene otras aristas. El pánico que provocó permitió aprobar ambiciosos planes anticrisis en todo el mundo sin que los defensores del libre mercado apenas chistaran: la patronal española llegó a pedir un paréntesis en la economía de mercado. Y ayudó a poner en marcha notables cambios regulatorios con una idea fuerza: "El mercado no puede funcionar correctamente sin la mano visible del Estado, sin unas reglas del juego claras. De otra manera, los capitalistas serían capaces de cargarse el capitalismo", afirma Zingales, miembro del comité que examina los cambios normativos en EE UU.
"Si no hubiera caído Lehman, hubiera sido cualquier otra entidad", defiende Zingales. "La lección que debemos aprender de esta crisis es que el Estado no puede garantizar todas las instituciones. No hay razones para defender a ultranza la política del demasiado grande para caer si a cambio no hay una regulación férrea para ese tipo de entidades que pueden borrar el sistema de la faz de la tierra".
Varias fuentes consultadas comparten esa visión: dejar caer Lehman fue un error tremendo, nadie calculó las consecuencias de la espiral que desató. Pero a la vez fue el catalizador que hizo sonar todas las alarmas, que aceleró la aprobación de los paquetes de estímulo. Que evitó una debacle aún peor, en definitiva. Y que ha abierto debates que se disparan en todas las direcciones: el sector financiero no volverá a ser el mismo; el capitalismo y la correlación de ideologías que lo conforman, tampoco.
La crisis llegó y se agravó debido a una regulación poco estricta que permitió que algunas firmas llegaran a ser tan grandes o tan interconectadas que el sistema no era capaz de permitir su caída. Y eso daba manos libres a sus gestores para tomar todo tipo de riesgos a sabiendas de que el Estado difícilmente permitiría una quiebra. Sólo EE UU atravesó esa línea roja con Lehman, con consecuencias devastadoras, y eso pone todas las miradas en el peligro que supone ese gigantismo bancario. "Esas instituciones no sólo son demasiado grandes para fracasar, sino demasiado grandes para ser administradas", ha sentenciado el Nobel Joseph Stiglitz.
Desde Bruselas, Daniel Gros, director del Centro de Estudios de Política Europea, comparte a grandes rasgos ese punto de vista. "Primera lección de la caída de Lehman: claramente, nunca más. ¿Pero nunca más qué? Me temo que supervisores y bancos centrales ahora piensan ‘nunca más una bancarrota de un gran banco’. Y eso es lo contrario de lo que necesitamos si no se acompaña de un empujón en la regulación".
Lejos de ser un error, el consenso empieza a virar entre los economistas hacia el hecho de que dejar caer a Lehman acabó siendo, inesperadamente, algo positivo. Es evidente que Bernanke y Paulson -el primero lo ha reconocido abiertamente- no planearon esa vía, cuyos costes han sido colosales. Pero las consecuencias de ese nefasto fin de semana no sólo aceleraron una crisis financiera que de todas formas era inevitable, sino que también permitieron una rápida respuesta global coordinada que evitó la Gran Depresión, un agujero negro en las finanzas y quién sabe si una crisis social de enorme calado.
"La crisis de Lehman tiene algo de darwinismo -la destrucción creativa necesaria para que el sistema mejore, o al menos no muera- y de metáfora de los graves abusos de la última década. Es un símbolo de la temeridad de los banqueros. Y también un gran caso de castigo de los culpables: la gente que ha conducido a ciegas un autobús escolar y ha tenido un accidente nunca debería volver a ponerse delante de un autobús, y es posible que eso suceda con muchos de los involucrados en este caso", asegura el economista belga Paul De Grauwe.
De Grauwe reparte también estopa entre las autoridades económicas estadounidenses: "No tenían que haber dejado que eso sucediera, porque los costes han sido brutales. Si querían un castigo ejemplar, deberían saber que es perfectamente posible rescatar un banco y asegurarse de que esa actuación no genera riesgo moral [un efecto perverso sobre otros bancos, que empiezan a creer que pueden arriesgarse y cometer excesos porque en última instancia el Estado los salvará]. Basta con enviar a los ejecutivos a la cárcel, o con imponer sanciones muy duras, o con enviar a los accionistas a casa con las manos vacías por haber permitido eso para que el riesgo moral desaparezca".
No sólo la BBC ha intentado indagar en los días previos a la bancarrota de Lehman. Michael Moore acaba de estrenar en Venecia el documental Capitalismo: una historia de amor. En EE UU se han editado ya varios libros y entrevistas con los protagonistas de la trama. Hay un poco de todo: justificaciones, teorías conspirativas -Lehman es uno de los grandes bancos de inversión judíos; Paulson procedía de Goldman Sachs, un banco rival que sí recibió ayuda- e incluso algún que otro mea culpa con la boca pequeña. Paulson y Bernanke siguen negando la mayor: aseguran que dejar caer Lehman no fue un error y que las reglas del juego les ataban de pies y manos en la búsqueda de soluciones.
Pero los hechos desacreditan esa tesis. Seis meses antes del caso Lehman, las autoridades económicas estadounidenses cubrieron las posibles pérdidas de Bear Stearns para que JP Morgan tragara con ese sapo, y unos días después nacionalizaron AIG con un crédito extraordinario que se aprobó en un abrir y cerrar de ojos.
Charles Morris, autor de El gran crac del crédito -y uno de los que defienden que fue un acierto que Lehman quebrara-, asegura desde Nueva York que esa crisis deja grandes lecturas: "Lo más importante es que los banqueros no pueden seguir insistiendo en que ellos realmente sabían lo que estaban haciendo. Todo lo demás es consecuencia de eso: hay que limitar el poder de los bancos aunque los banqueros insistan en que no se puede poner coto a la innovación. Porque se ha llamado innovación a prácticas que eran verdaderas salvajadas, o auténticas idioteces".
Ahora que la situación se va normalizando, a Wall Street le entra de repente cierta amnesia respecto a lo ocurrido. "En los casos de Lehman y AIG se demuestra que la acción de las autoridades está limitada por nubes de incertidumbre en la regulación. Los bancos quieren impedir que el nuevo Ejecutivo imponga claridad en la nueva normativa, quieren aguar la reforma y dejar las cosas como están. Pero hay que limitar los movimientos de esas instituciones demasiado grandes para caer, y hay que dar poderes a la Administración para meter mano en cuanto empiecen a ver cosas raras", apunta Morris.
Wyplosz dispara en la misma diana: "Estados Unidos, Suiza y el Reino Unido han planteado propuestas interesantes para la nueva regulación bancaria. Pero esos proyectos deben pasar por los parlamentos respectivos: mi apuesta es que al final se verán claramente aguadas. Si estoy en lo cierto, el mundo pos-Lehman será muy peligroso".
La intrahistoria de la caída de Lehman es también una feroz lucha de egos, un tratado de bajas pasiones; un folletín peliculero, en suma. En las infinitas entrevistas, en los reportajes y en los libros que describen los últimos días del banco, su presidente, Richard Fuld, aparece retratado como un tipo arrogante, estúpido, codicioso, temerario y con algunas lindezas más. "El carácter es el destino", escribió John Cheever hace casi 30 años.
Darwin y los samaritanos
Los ideólogos del capitalismo salvaje -de capa caída últimamente- han querido ver en el darwinismo y la selección de los más aptos una coartada científica para justificar abusos. La teoría darwinista vuelve a estar encima del tapete, pese a que suena a simple excusa para justificar la avaricia y los años de excesos.
"Dejando caer a Lehman, EE UU pensaba que podía reintroducir la disciplina darwinista en el funcionamiento de los mercados financieros. Desgraciadamente, Lehman era demasiado grande para caer sin efectos devastadores, por lo que el Gobierno Bush tuvo que dar marcha atrás y volver a rescatar bancos para evitar una debacle aún mayor. Y adiós al darwinismo", reflexiona Chang Ha-Joon, profesor surcoreano en Cambridge y autor de ¿Qué fue del buen samaritano?
Lejos quedan los días en los que los bancos eran pequeños y aburridos y podían quebrar igual que un restaurante o una fábrica de zapatos. Lo curioso es que la crisis no está acabando con los riesgos del demasiado grande para caer. Al contrario: "A pesar de todo, los grandes bancos supervivientes son aún más gigantescos porque se han quedado con los despojos de los caídos", critica Chang.
Para el académico surcoreano, el caso Lehman demuestra que el darwinismo social del siglo XIX, en el que muchos economistas aún creen, "simplemente no funciona". "Los gobiernos no pueden comprometerse de forma creíble a dejar quebrar a los bancos. Como eso es así y no hay vuelta de hoja, si hay que socializar las pérdidas, al menos las autoridades deben tenerlos estrictamente regulados para evitar rescates millonarios. Desgraciadamente, los bancos disponen de esa protección sin las correspondientes obligaciones".
Con todo lo que ha caído, sigue habiendo expertos que defienden que la vuelta de tuerca a la regulación no sirve de nada. "Es inevitable una nueva crisis financiera derivada de la especulación. Está en la naturaleza humana", defendía esta semana el ex oráculo Alan Greenspan, uno de los mitos caídos de esta crisis, que dirigió durante dos décadas la política monetaria estadounidense.
Sebastian Edwards, profesor de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), le da respuesta: "Hay varias lecciones que seguro que se van a aprender de esta crisis. Pero sobre todo hay que aprender que la arrogancia de los banqueros de inversión y todos aquellos que creen que las finanzas se mueven por principios y leyes exactas, como la física, puede llevar a excesos extremadamente costosos".
Fuente: El País
Advierten la llegada de una segunda ola de la crisis con grave impacto a nivel global
Tras el primer golpe de la crisis hipotecaria, llega el turno de una nueva etapa, marcada por la poca capacidad de las empresas para devolver créditos.
En medio de una crisis financiera global sin precedentes, cualquier noticia positiva es una especie de salvavidas en medio del naufragio. Sin ir más lejos, el anuncio de que Citigroup volverá a ser rentable fue el detonante para que las bolsas tuvieran su día de gloria la semana pasada.
Pero son pocos los que compran que la economía global ya está saliendo de la recesión. Es más, para muchos economistas de primer nivel, en los próximos meses, las noticias macroeconómicas en Estados Unidos, y en todo el mundo, serán mucho peores de lo que espera la mayoría.
Ya se sabe que Estados Unidos va a experimentar su peor recesión en décadas. Pero la idea tradicional de que la contracción estadounidense iba a ser breve y superficial –una recesión en forma de "V" , con una recuperación rápida, como las de 1990-1991 y 2001– quedó descartada.
Por el contrario, a la luz de los nuevos indicadores, dicha contracción será, según los analistas, en forma de "U": larga, profunda y de unos 24 meses de duración.
Podría acabar, incluso, siendo más prolongada y transformarse en un estancamiento de varios años en forma de "L", como el que sufrió Japón en los 90.
Sucede que recientes informes sobre las ganancias de las empresas terminaron de convencer a aquellos analistas que aún mantenían cierto optimismo y que proyectaban una caída suave.
En tal sentido, el banco Morgan Stanley difundió un documento en el que considera que el mundo enfrentará una nueva oleada de serios problemas”.
La nueva ola
"Creo que la segunda oleada estará impulsada por la débil rentabilidad de las empresas de todo el mundo y que tendrá un impacto altamente negativo en la capacidad de éstas para devolver los créditos a los bancos y a otras instituciones financieras", señaló Stephen Roach, presidente de Morgan Stanley Asia.
El economista cree que "estamos justo al principio de la segunda ola, que refleja más el impacto del ciclo de los negocios globales que el contagio del mercado de créditos".
La primera oleada se produjo por la crisis de los préstamos "tóxicos" o de alto riesgo, que ha creado una profunda recesión en la economía mundial, señaló Roach desde la sede de la división asiática de la firma, en Hong Kong.
Las perspectivas para este año, según la firma, son poco prometedoras, ya que la recesión no ha tocado fondo. "Creo que 2009 representará el primer año completo de declive del PBI global desde la Segunda Guerra Mundial", vaticinó Roach.
En su informe, Morgan Stanley considera que las principales economías del mundo están todas en recesión, "nunca antes se había vivido una situación así", y el peor momento van a ser los primeros meses de este año, con una ligera recuperación en los tres trimestres siguientes.
A medida que el crecimiento mundial disminuya, también lo hará la demanda de materias primas sensibles a la economía, con la consiguiente corrección de los precios, distorsionados por las burbujas, y de los índices de crecimiento de los principales productores.
Eso hace que las economías emergentes, que dependen de las exportaciones, entren en la ecuación. En efecto, crecieron gracias a burbujas de exportación que, a su vez, dependían de la burbuja de consumo de Estados Unidos. Pero ahora verán como se desacelerá su crecimiento o incluso pueden entrar en recesión, y el desempleo seguirá aumentando a lo largo del 2009.
La recuperación en términos numéricos se puede iniciar a finales de este año, ya que el resultado del último trimestre de 2008 y el actual van a ser desastrosos. "Por lo tanto, estadísticamente, se puede registrar un incremento positivo para el resto del año, pero va a ser efímero", pronostica Roach.
Cómo evolucionará la crisis
La contracción global se prolongará probablemente hasta principios de 2010, pero el principal riesgo en la actualidad es que los masivos paquetes de ayuda que se han puesto en marcha en todo el mundo no logren frenar la depresión económica.
Roach señala que el deterioro de la situación impide que la baja de las tasas de interés genere algún alivio, una situación sin precedentes, y alerta contra las continuas burbujas artificiales de activos por la afluencia crediticia de los paquetes de estímulo, que llevará a una siguiente fase de reducción de préstamos por una especie de efecto "boomerang".
No obstante, Roach se suma a los pronósticos que apuntan a 2010 como el año de la recuperación de la economía mundial, aunque sostiene que ésta será "débil". "A cada recesión sigue una recuperación, pero se tratará de un débil repunte", afirma el economista.
"Creo firmemente que tal repunte, que llegará una vez que se haya tocado fondo, será decepcionante en términos de vigor, por lo que es necesario mantener la prudencia en los próximos tiempos", señala.
Existe consenso en que pasará mucho tiempo antes de que el crecimiento mundial vuelva al ritmo de casi el 5% que tuvo en los cuatro años y medio que culminaron a mediados de 2007. Las conmociones de este tipo son mortales para cualquier economía en particular, y mucho más para el mundo en su conjunto.
Morgan Stanley no es el único pesimista
"Los gobiernos se están durmiendo en los laureles", dijo Nouriel Roubini en una conferencia celebrada en Nueva Delhi, según la agencia Bloomberg.
"Esta recesión puede acabar siendo aún peor", dijo el académico para agregar que "la situación puede mejorarse tomando las medidas apropiadas, como ser que los gobiernos nacionalicen los bancos insolventes, los saneen y se los revendan a los inversores privados".
Roubini dijo que la economía mundial puede contraerse 1% o crecer 0,5% en el 2009, y recuperarse en el 2010 a un ritmo de crecimiento del 1%, lo que efectivamente prolongará la recesión hasta el fin del año que viene.
Las economías de los mercados emergentes reducirán su marcha en forma pronunciada, dijo el economista, y agregó que "ya estamos viendo el comienzo de un aterrizaje forzoso".
Es posible que la economía de China crezca 5% "como mucho" en 2009 después de haber crecido al 10% durante el decenio pasado, dijo Roubini, quien rechazó la teoría del “desacople” de los mercados emergentes.
Precisamente, en otros mercados como Brasil o Corea del Sur, la caída brusca es un crecimiento por debajo del 3%. Los países más vulnerables, como Ecuador, Hungría, Letonia, Pakistán y Ucrania, quizá vivan una crisis financiera total y necesiten un gran volumen de financiación externa para evitar el colapso.
"Se está convirtiendo en un ciclo vicioso entre la demanda, la oferta y el sistema financiero", dijo Roubini, que fue consejero del Departamento del Tesoro de Estados Unidos en el 2000 y el 2001.
Los consumidores y las empresas están reduciendo los gastos para sobrevivir a la recesión actual, "lo cual hace que la contracción sea aún más violenta", dijo el economista. Añadió que aun si hay bancos con activos sanos, no están dispuestos a prestar dinero durante un periodo de descenso económico.
Triple trampa
En los países más ricos, podría producirse una combinación debilitadora de estancamiento económico y deflación, a medida que los mercados de bienes se contraigan cuando la demanda acumulada disminuya.
Esta situación es peligrosa por muchos motivos. Varios bancos centrales se aproximarán tanto a fijar tasas de interés cero que sus economías sufrirán un triple revés: una trampa de liquidez, una trampa de deflación y una deflación de la deuda. Eso desemboca en un círculo vicioso en el que los ingresos y el empleo caen y la demanda cae todavía más.
David Smick, director del magazine The International Economy, considera que si bien Barack Obama llegó a la Casa Blanca con un programa ambicioso, a él y a sus colegas de otros países centrales les esperan enormes sufrimientos.
El primer déficit presupuestario de Obama podría muy bien ser superior a 1,5 billones de dólares. Varios paquetes de rescate y planes de estímulos fiscales aumentarán el gasto, y la contracción económica hará que los ingresos fiscales disminuyan.
La factura de toda esta deuda llegará seguramente antes de 2012. Las tasas de interés de las hipotecas se apresuraron a subir cuando el Tesoro estadounidense presentó su plan de rescate, y los pasivos de la balanza de pagos de la Reserva Federal han aumentado un 100%.
Los mercados financieros prevén que, de aquí a tres o cuatro años, los bancos centrales de todo el mundo se verán obligados a afrontar este incremento masivo de la deuda.
Obama tal vez tendrá que enfrentarse a una pesadilla bancaria con reminiscencias de la que sacudió a Japón en los 90. Hoy, los bancos estadounidenses rebozan de capital (400.000 millones de dólares suplementarios, según las últimas cuentas, en gran parte proporcionados por los contribuyentes), pero no conceden préstamos.
Es un problema como el del huevo y la gallina. Los bancos no prestan dinero debido al debilitamiento de la economía estadounidense y ésta se debilita porque los bancos no prestan. Aparte de nacionalizarlos, hay poco que Obama pueda hacer para obligarlos.
El peligro de depender de las exportaciones
En el resto del mundo, el breve periodo de alegría por el mal ajeno ante los problemas económicos de Washington se ha terminado. Resulta queEuropa estaba seis veces más expuesta a la deuda comercial de riesgo de los mercados emergentes que a las hipotecas basura estadounidenses.
¿Por qué eso es un problema inmenso? Porque las economías en vías de desarrollo se han permitido depender peligrosamente de las exportaciones, al tiempo que vinculaban sus divisas al dólar estadounidense y acumulaban montañas de excedentes de ahorro.
Ese modelo de crecimiento está viniéndose abajo a toda velocidad, a medida que cae la demanda mundial. Pero, si se desmoronan muchos de esos mercados emergentes, el FMI carecerá de los recursos necesarios para organizar operaciones de rescate.
¿El precio de las propiedades ha tocado su piso?
Los valores de la vivienda ya están seguramente a mitad de camino en su regreso al nivel de finales de los 90, cuando comenzó la burbuja. En algunas ciudades de EE UU han vuelto ya casi por completo a ese nivel.
“Ahora bien, nadie puede decir cuándo tocará fondo el mercado exactamente. En cierto sentido, el proceso es una profecía autocumplida. La euforia se acaba y las expectativas negativas hacen que los precios de los activos se derrumben, lo cual, a su vez, parece justificar ese pesimismo”, apuntó Schiller.
Dadas las malas perspectivas de la economía para el año que ha empezado, es posible que los precios de las viviendas sigan cayendo hasta bien entrado 2010, como sugieren los mercados de futuros de Chicago.
Schiller explicó que “la historia nos dice que existe el precedente de un mercado inmobiliario debilitado durante un periodo muy prolongado. Tras el último auge de la vivienda en Estados Unidos, que alcanzó su máximo en 1989, las ciudades tardaron cinco años en tocar fondo. En esta ocasión, los precios están bajando sólo desde hace dos años”.
“Quizá deberíamos mirar con cautela lo que ocurrió en Japón, donde los precios de las propiedades urbanas cayeron durante 15 años consecutivos, entre 1991 y 2006”, agregó el catedrático de Yale.
Para Shiller, hasta ahora, las medidas que se han tomado para resolver esta crisis han prescindido de los principios racionales de las finanzas. “En vez de poner los parches a corto plazo que parezcan necesarios, se debería adoptar una estrategia más estructural, basada en el mercado, como estipular que los valores de las hipotecas siempre estén vinculados a los precios de la vivienda y se ajusten cada mes”, concluyó.
“Gracias a las drásticas acciones del G-7 y otros, el riesgo de una crisis financiera estructural ha disminuido. Pero, por desgracia, lo peor no ha pasado todavía. Este año será difícil. Sólo una actuación muy agresiva, coordinada y eficaz por parte de las autoridades, garantizará que 2010 no sea aún peor de lo que seguramente va a ser 2009”concluyó Roubini.
Rubén Ramallo
©iProfesional.com
Fuente: InfobaeProfesional
Una nueva "cortina de hierro" económica se cierne sobre Europa del Este
Miercoles 11 de Marzo de 2009
Con la caída del Muro, 20 años atrás, los ex países comunistas se lanzaron abruptamente al capitalismo. Tras vivir una luna de miel colmada de ingresos de capitales de Occidente, sus economías caen hoy estrepitosamente. ¿Cuál es el país que más sufre? Riesgos del efecto dominó en la Eurozona
Con la caída del Muro, 20 años atrás, los ex países comunistas se lanzaron abruptamente al capitalismo. Tras vivir una luna de miel plagada de ingresos de capitales de Occidente, sus economías caen hoy estrepitosamente.
Los informes sobre estas economías hablan del fin de una ilusión. Así describen la decepción que se abate sobre los países bálticos, Hungría, Rumania o Ucrania, que ahora ven destruidos sus sueños de riqueza al estilo occidental.
En las últimas dos décadas las naciones ex comunistas participaron del “proceso de convergencia” con la Unión Europea (UE). La idea era que hicieran su reconversión al capitalismo a través de ese bloque.
En virtud de estos cambios, recibieron ingentes sumas de dinero de bancos de Alemania, Austria, Italia y Suecia, entre otros, lo que generó un ciclo de burbuja y plata dulce. El problema es que hoy están al borde del default.
Si algún país de la región cayera, su impacto sobre sus vecinos sería demoledor, como así también para las entidades bancarias que han invertido y prestado fuertemente en Europa Oriental.
En un reciente informe, la consultora Ecolatina expresaba que “existe gran preocupación por la situación de los países de Europa del este y sus implicancias para la dinámica de la Eurozona. Las fuertes devaluaciones de sus monedas y la caída en sus exportaciones trajeron muchas complicaciones, dados sus elevados niveles de endeudamiento en euros”.
Precisamente, durante décadas las crisis recurrentes de los países latinoamericanos tenían parámetros comunes:
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Abruptas caídas de la paridad cambiaria,
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Enormes déficits de cuenta corriente,
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Altísimo endeudamiento en moneda extranjera,
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Desagradables recesiones.
Hoy los indicadores son los mismos, lo que cambió es la geografía. Lo preocupante es que ésta dejó las fértiles y lejanas tierras del hemisferio sur para instalarse, sin preanuncios, en la misma puerta de la hasta hace poco tiempo vigorosa Eurozona.
Las consecuencias de este conflicto, que aún está en sus etapas iniciales, es que pueden llevar a los países más antiguos de la UE a situaciones extremas, que hoy son imposibles de evaluar, pero que los analistas anticipan que serán mucho más graves de lo previsto, según un reciente artículo publicado por The Economist.
La esencia del conflicto pasa por su acelerado proceso de crecimiento, tras décadas de postergación, que los llevó, al amparo de voluminosas dosis de inversiones extranjeras, aintentar alcanzar estándares de vida occidentales y a la esperanza de que la mayoría podría pronto adoptar la moneda única europea: el euro.
Los críticos argumentan, y con cierta razón, que algunos países europeos del este no estaban preparados para “jugar en primera”, pues han eludido las reformas y no supieron canalizar los billones de dólares recibidos en préstamos para alimentar los booms de la construcción y consumo.
Según The Economist, el colapso en Europa Oriental generaría incluso interrogantes acerca del futuro de la misma Unión. Por un lado, desestabilizaría el euro en países como Grecia e Irlanda, que no están en mejor forma que los demás países de Europa del Este. Por otro, sería una enorme barrera para la expansión futura de la UE.
Estos factores provocarían nuevas dudas acerca de las perspectivas a futuro de los países balcánicos del Oeste, Turquía y varios países de la ex Unión soviética. Las consecuencias políticas podrían resultar aún más graves. Una de las mayores hazañas europeas fue la reunificación pacífica del continente, luego de la caída del imperio soviético.
La región y los países no son lo mismo
Al igual que América latina en los ochenta y noventa, Europa del Este es tratada como una unidad económica, pero cada país es diferente. Se destacan tres grandes grupos:
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Países que están muy lejos de poder ser miembros de la UE: Ucrania. Los analistas internacionales consideran que una de las salidas sería la de recurrir al FMI, para reestructurar la deuda.
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Países con tipo de cambio fijo respecto al Euro: el trío Báltico de Estonia, Letonia y Lituania más Bulgaria. Para ellos aconsejan acelerar su camino hacia el euro (cabe recordar que Eslovenia y Eslovaquia ya se han sumado a la moneda común).
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Países con tipo de cambio flotante frente al euro: La República Checa, Hungría, Polonia y Rumania. La adopción de la moneda no sería una salida válida para estos países, pues no están listos para la dura disciplina de una única moneda, que descarta cualquier futura devaluación. Su inclusión prematura podría debilitar fatalmente al euro.
Pero a medida que sus monedas caen, la gran vulnerabilidad para los polacos, húngaros y rumanos, especialmente, surge de la deuda contraída por las firmas y por los hogares en moneda extranjera, principalmente de bancos extranjeros.
La máxima prioridad para estos países es la de detener el proceso de degradación de sus monedas. La segunda es hacer a los bancos responsables por los préstamos en moneda extranjera que estén teniendo malos resultados.
Letonia ocupa hoy el centro de la escena.
Lo que se está viviendo en países como Letonia, por ejemplo, asemeja a un fin de fiesta, similar al vivido en Argentina en el 2001. Para la consultora dirigida por Rodrigo Álvarez, la situación de ese pequeño país es similar a la que llevó a nuestro país a la crisis que puso fin a la convertibilidad.
“Vale el paralelismo, en muchos casos la situación es similar a la de la Argentina en 2001”, dijo en un reciente informe. Esas mismas palabras son las que utilizó el Premio Nobel de Economía, Paul Krugman, al referirse a dicho país.
Este territorio tiene una población de más de 2 millones y fue bautizado como “tigre báltico” precisamente por su crecimiento económico arrollador, que le permitió ingresar a la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en 1991 y a UE y la OTAN el 2004. Pero ahora se debate entre el desempleo masivo y la incertidumbre.
Letonia conoció un crecimiento del 14% anual de su economía durante años, cebado por el ingreso de euros. Pero ahora, que todo se revirtió, su gobierno es el segundo, después de Islandia, en caer por las movilizaciones populares, en señal de descontento sobre la actual crisis económica y social.
Es que como consecuencia de la recesión mundial y de la dependencia de su economía a los mercados de la UE, que están aplicando medidas proteccionistas, además de la fuja de capitales, su PBI se contrajo un 10,5 por ciento.
“Letonia es un eslabón particularmente débil en el sistema financiero de Europa del Este debido a la sobrevaluación de su moneda y a una gran deuda del sector privado denominada en euros”, publicó a mediados de febrero The Wall Street Journal.
La fuerte devaluación del lat, moneda letona, profundizó la crisis, pues puso en serio riesgo el pago de los créditos otorgados por los bancos europeos. Ante ello, el FMI otorgó un préstamo de u$s9.500 millones, a cambio de que el gobierno aplicara un fuerte programa de ajuste, con rebajas salariales del 25% para los empleados públicos, cierre de hospitales y escuelas y una reducción del presupuesto estatal de alrededor del 40%.
Fue entonces que decenas de miles de trabajadores salieron a expresar su protesta. Algo que no se veía desde la caída del estalinismo en 1991.
Pero la crisis no solo se vive en Letonia. “La moneda polaca se desplomó un 48% frente el euro; la de Hungría cayó un 30% y la de la República Checa un 21 por ciento.
Esta dinámica devaluatoria hace temer que la crisis se exprese como un efecto contagio entre las monedas de la región con reminiscencias de la crisis financiera asiática de fines de los ’90”, escribió The New York Times a fines de febrero.
El peligro de una nueva cortina de hierro
El fracaso de Letonia es una muestra de la fragilidad de las economías de los ex países comunistas y esto ha puesto en guardia a sus dirigentes.
"No deberíamos permitir que el euro se convierta en una cortina de hierro que consigne a los no miembros de la zona a una zona de alto riesgo donde los inversionistas no se animan a entrar", escribió en una columna el primer ministro de Hungría en el diario francés Le Figaro, que fue publicada el miércoles pasado antes de una reunión con el presidente Nicolas Sarkozy.
Similares palabras expresó la primera ministra de Ucrania Yulia Tymoshenko, quien advirtió contra una nueva "cortina de hierro" en Europa, a la vez que consideró que el BCE debería ofrecer acceso al financiamiento en la moneda común a los países fuera de la zona euro.
Los líderes de la Unión Europea se reunieron en una cumbre de emergencia el último domingo en Bruselas, Bélgica, que pareció resaltar las mismas preocupaciones que se supone deben tranquilizar: que la crisis económica mundial ha desatado fuerzas que amenazan con dividir a Europa en campos rivales.
"La Unión Europea ahora tendrá que probar si es una unión para los buenos tiempos o si tiene un destino real de unidad", observó Stefan Kornelius, el editor internacional del periódico alemán Sueddeutsche Zeitung.
"Siempre dijimos que no se puede tener una unión monetaria sin una política fiscal, una política tributaria ni una política conjunta sobre cuáles industrias subsidiar y cuáles no. Ninguno de los líderes es lo suficientemente fuerte para sacar a los otros del lodazal", concluyó Kornelius.
En dicha reunión Alemania rechazó rotundamente un llamado urgente de Hungría para implementar un enorme rescate de los miembros orientales más recientes, y recibió muy poco apoyo de otros países.
En defensa del plan de ayuda, Tymoshenko dijo que en Europa se debería considerar un arreglo similar al empleado por Reserva Federal de EE.UU, que abrió líneas de "swaps" cambiarios, ofreciendo acceso a dólares a naciones como Brasil, México, Singapur y Corea del Sur,
El BCE ya está ofreciendo acceso a liquidez en euros a los bancos centrales de Dinamarca, Polonia y Hungría. Esas naciones están fuera de la zona euro, pero, a diferencia de Ucrania, sí son miembros de la Unión Europea.
Los especialistas hacen distintos diagnósticos sobre este desplome de la Europa del Este. Morsen Hansen, un académico de la Escuela Económica de Estocolmo, y prestigioso experto en países bálticos, suscribe la teoría de la burbuja financiera.
El economista asegura que la política de “convergencia” en la UE se ha evaporado. “Esto va a enseñar, especialmente a los políticos, que la convergencia exige reformas, educación, inversiones sólidas pero que no son fáciles de hacer”, explicó Hansen.
Además, el economista señaló: “Lo más triste de esta crisis es que demostró que Europa del Este continúa siendo pobre y que esto sigue siendo la URSS en muchas actitudes. Se necesita al menos otra generación para tomar distancia”.
Rubén Ramallo
© iProfesional.com
Fuente: INfobaeProfesional
Nacionalización o bancarrota
El control estatal sobre la banca se abre paso como salida a la crisis
J. G. - Madrid – 01/03/2009
La economía tiene sus propios tabúes. Entre quienes la manejan nadie dice despidos: es preferible recorte de plantilla o incluso ERE. Ni pérdidas: se escribe números rojos, es más fino. Desaceleración, por crisis, es el eufemismo predilecto de algunos Gobiernos entre decenas de ejemplos posibles.
La economía tiene sus propios tabúes. Entre quienes la manejan nadie dice despidos: es preferible recorte de plantilla o incluso ERE. Ni pérdidas: se escribe números rojos, es más fino. Desaceleración, por crisis, es el eufemismo predilecto de algunos Gobiernos entre decenas de ejemplos posibles. Así se llega amonstruos lingüísticos como crecimiento negativo o decrecimiento. "Como economista con buena reputación, soy perfectamente capaz de escribir cosas que nadie pueda leer", ironiza en su último libro el Nobel Paul Krugman. En medio de la crisis financiera más acusada desde la Gran Depresión y con el sistema bancario al borde del precipicio, irrumpe un nuevo fantasma semántico: la nacionalización bancaria. Palabras mayores. Tras unos años con el péndulo justo en el lado contrario, a derecha e izquierda se abre paso la creencia de que nadie tiene una idea mejor para acabar con la pesadilla de la banca. Y los Gobiernos ya se han puesto manos a la obra.
Todas las crisis bancarias se solucionan de la misma forma: gastando. Pero las multimillonarias ayudas públicas de los últimos 20 meses no son suficientes. En los países anglosajones, que hicieron dogma de fe del libre mercado, la banca sigue caminando sobre el alambre. En Europa occidental, con Alemania a la cabeza, sucede algo parecido. Y las finanzas son el aparato circulatorio de la economía: si se hunden, la economía se colapsa. No es posible salir de la recesión mundial sin solucionar la crisis financiera.
El descalabro está haciendo saltar por los aires uno de esos anatemas: la idea de que la formidable intervención del sector público en la banca necesita una vuelta de tuerca adicional no hace sino ganar peso. La nacionalización -parcial o temporal, pero nacionalización al cabo- está cada vez más cerca, y hay expertos que aseguran que ya se ha producido. Al menos en parte. Los casos de Citigroup y Royal Bank of Scotland son los más sonados. "Es algo sencillamente increíble, y a la vez sencillamente inevitable", resume desde Baltimore (EE UU) la economista Carmen S. Reinhart.
"Se trata de un shock para la mentalidad americana, que asocia la nacionalización prácticamente al bolchevismo en un país en el que la iniciativa privada está en el ADN de los políticos, sean del color que sean, y de la gente, desde los que trabajan en los rascacielos Wall Street a los que cuidan de los maizales en Iowa", afirma Ángel Cabrera, economista español que dirige una de las grandes escuelas de negocios norteamericanas, Thunderbird. "A muchos una nacionalización puede provocarles escalofríos, pero no hay una propuesta mejor para salir del pozo", apostilla.
Las crisis suelen engendrar paradojas. En EE UU, los republicanos son quienes mejor aceptan la nacionalización. En un ejercicio de pragmatismo, el ex presidente del banco central Alan Greenspan, el sumo sacerdote de la liberalización financiera de los últimos años, se manifiesta abiertamente a favor. La Administración de Obama, en cambio, es más remisa, y la nacionalización ha sido incluso descartada esta semana por las dos grandes figuras del equipo económico de Obama: Ben Bernanke, presidente de la Reserva Federal, y Tim Geithner, secretario del Tesoro, han rechazado esa vía ante el nerviosismo bursátil. "Obama sigue poniendo parches sin dar el paso definitivo", asegura Reinhart. "Pero una u otra forma de nacionalización es inevitable. Esperar a que el propio mercado solucione el problema es una locura", añade.
Pese a las reticencias ideológicas, con todo el dinero empleado en los últimos 20 meses parte de la banca está ya nacionalizada de hecho. Aunque no de derecho. EE UU controla directamente el 36% de Citigroup, que hace unos años era el mayor banco del mundo y ahora está ahogado por los activos tóxicos. Citi ha recibido en apenas cinco meses tres rescates públicos, y Wall Street lo considera ya parcialmente nacionalizado. Con Bank of America ocurre lo mismo. La Administración de Obama se resiste a hacerlo a las claras: usa acciones sin derecho a voto y obliga a buscar accionistas privados para que la cotización bursátil no se diluya.
Pero ése es el camino: EE UU ha iniciado ya pruebas de estrés al sistema financiero para identificar a los bancos con problemas. En caso de que necesiten más capital -y todo parece indicarlo así-, el Estado se lo facilitará a cambio de acciones. En Irlanda la nacionalización de algunas entidades ya es total. El Reino Unido ha subido la apuesta con una operación escoba para quedarse con la gran mayoría de los activos tóxicos de Royal Bank of Scotland, y podría hacer lo mismo con Lloyd’s. Los expertos consideran que ambas entidades están al borde de la nacionalización. Alemania ha aprobado una ley para poder incluso expropiar bancos si es necesario. Y así ad infínitum.
"Lo peor es la incertidumbre, que los mercados no sepan si se va a producir o no. Pero al paso que vamos, la nacionalización -o como quiera llamarse- es sólo cuestión de tiempo, a no ser que queramos una década perdida, como en Japón", aseguraba el viernes el economista Charles Wyplosz. "La única manera de acabar con la tormenta es que los Gobiernos entren en los bancos, los limpien de una vez de la basura tóxica y los pongan a funcionar, como hizo Suecia en los años noventa", asegura este experto.
Aun así, las dudas son enormes. Por una parte, los accionistas pueden ver cómo su dinero se esfuma (y la Bolsa lleva ya un año y medio desastroso). Por otra, la factura puede ser morrocotuda y dejar un déficit público inmanejable. Además, no está claro que los burócratas sepan llevar las riendas de los bancos. En Suecia, el saneamiento costó cuatro largos años, y no había un cataclismo financiero global.
El mayor problema son los activos tóxicos. "Los Gobiernos deben ponerles precio: si es demasiado bajo quiebran entidades, y si es alto la factura de los contribuyentes se dispara. Es un difícil problema de redistribución. Pero es la labor de los políticos, para eso les pagan", dice Wyplosz.
El vicepresidente Pedro Solbes cuenta la que tal vez sea la mejor crónica negra de lo que ha ocurrido en la banca en los últimos años: "Al principio los bancos sabían lo que vendían, y los clientes lo que compraban. Después pasamos a una fase en la que los bancos sabían lo que vendían pero los clientes no sabían lo que compraban. Y desde hace tiempo ni los bancos ni los clientes tienen idea de nada". Ahora les llega el turno de comprar a los Gobiernos. Habrá que ver si saben lo que hacen.
FRANCIA. Dos tandas de ayudas desde París
El Gobierno de Sarkozy ordenó la primera inyección a los bancos franceses en diciembre de 2008: 10.500 millones que se repartieron Crédit Agricole, BNP Paribas, Société Générale, Crédit Mutuel, Caisse d’Épargne y Banques Populaires. No fue suficiente. A mediados de enero, anunció una segunda tanda de ayudas, pero esta vez con duras condiciones y contrapartidas: los directivos deben renunciar a los bonus. Esta misma semana, la fusión entre Banques Populaires y Caisse d’Épargne ha venido auxiliada con una inyección de 5.000 millones por parte del Estado francés, que nombrará a varios ejecutivos en la cúpula del banco, entre ellos al presidente de la entidad fusionada: François Pérol, uno de los hombres de confianza de Sarkozy y hasta ahora con un cargo en el Elíseo.
ALEMANIA. De la negativa a una ley de expropiación
Aún en diciembre de 2008, el Gobierno alemán era reacio a nacionalizar bancos. Berlín aludía a los pésimos resultados de los bancos públicos regionales, la mayoría de ellos tan afectados por la crisis y la mala gestión como la banca privada. Sin embargo, Alemania se hizo en enero con el 25% del Commerzbank, el segundo banco del país. En febrero, el Gobierno aprobó una ley que permitirá no sólo nacionalizar bancos, sino expropiar a los accionistas de aquellos institutos que dependen del dinero público para subsistir. La ley se redactó para atajar los continuos problemas del Hypo Real Estate, donde el Gobierno ha inyectado 87.000 millones para evitar la quiebra. El Gobierno justifica las intervenciones como "necesarias" para mantener a flote la banca y evitar la pérdida de las millonarias ayudas públicas.
REINO UNIDO. Control público a regañadientes
El Reino Unido está siendo uno de los países más activos en la intervención del Estado para salvar los bancos. Pero el Ejecutivo no quiere ni oír hablar de nacionalización: se ve forzado a reforzar el capital de los bancos, pero el control de las entidades no es un objetivo político. El Gobierno de Gordon Brown protagonizó la primera nacionalización, en el caso de Northern Rock. Y ha seguido siendo muy activo en los casos de Royal Bank of Scotland -esta misma semana ha asegurado 365.000 millones de euros en activos tóxicos- y de HBOS, que fusionó con Lloyd’s. En ambos casos posee un buen porcentaje del capital y los expertos consideran que esos dos bancos están al borde de la nacionalización. Pero el Ejecutivo asegura que tarde o temprano esas entidades volverán al sector privado.
ESTADOS UNIDOS. Republicanos a favor, demócratas en contra
El intervencionismo público en la economía ha sido una constante en EE UU desde el estallido de la crisis financiera, con la Administración de Bush y con Barack Obama. Pese a que los expertos -encabezados por los premios Nobel Joseph Stiglitz y Paul Krugman- recomiendan ahora la nacionalización parcial y temporal de las grandes entidades con problemas, Washington se resiste a esa posibilidad. Varios congresistas y senadores republicanos se han manifestado a favor del control del Estado en la banca. Pero el Gobierno sigue con su hoja de ruta: aplicar planes de estrés a las grandes entidades para observar sus necesidades de capital, mientras estudia una solución para Citigroup (donde controla ya el 36%) y Bank of America, a un paso de la nacionalización.
Fuente: El País
Tras la parcial nacionalización del Citigroup, se abre un nuevo capítulo de la crisis
El gobierno de Barack Obama y el golpeado consorcio financiero llegaron a un acuerdo para ampliar la participación estatal en la entidad
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Luego de sucesivas marchas y contramarchas, y de un sinfín de desmentidas sobre las intenciones de su gobierno, el presidente de los EE.UU., Barack Obama tomó una de las decisiones más esperadas por el mercado de los últimos tiempos: concretó su intevención en el paquete accionario del Citigroup.
La operación se cristalizará cuando un total de 25.000 millones de títulos preferenciales en manos del gobierno se conviertan en acciones ordinarias con derecho a voto. A partir de ese momento, el Estado se convertirá en el principal accionista del grupo financiero.
De esta forma, el gobierno de ese país no sólo pasará a controlar el 36% del paquete accionario, sino que también podrá nombrar varios directores independientes, en tanto que, según fuentes confiables, su actual CEO Vikram S. Pandit se mantendrá en su puesto.
En abril, el Citi realizará su junta anual y cinco de los 15 miembros del directorio no serán candidatos a la reelección o habrán alcanzado la edad para jubilarse. "Los inversionistas quieren ver rodar cabezas porque están muy enojados con toda la industria bancaria", comentó Marshall Front, presidente de Front Barnett Associates LLC.
"Pero la gerencia de Citigroup está tan calificada para lidiar con los problemas que enfrenta el banco como cualquier otro, y no tendría la curva de aprendizaje que enfrentaría alguien nuevo". indicó.
Esta es la tercera gran movida del gobierno estadounidense para tratar de rescatar al que fue el primer banco del mundo.
Pero, a diferencia de las anteriores, la actual no implicará en lo inmediato una inyección de dinero constante y sonante, aunque a esta altura de la crisis, cuando nadie sabe qué puede pasar con las próximas decisiones, son pocos los que se atreven a asegurar que no se requerirán nuevos aportes en el futuro.
En octubre y noviembre del año pasado Citigroup emitió acciones preferenciales por u$s52.000 millones, de las cuales u$s45.000 millones fueron considerados como aportes de capital y el resto como una comisión para que Estados Unidos aceptara compartir las pérdidas en una cartera de activos problemáticos de u$s301.000 millones.
En medio de estos anuncios, el banco adelantó que incrementó sus provisiones para el cuarto trimestre del 2008 en nada menos que otros u$s9.600 millones, de forma que las pérdidas del último ejercicio anual rondarían los u$s27.700 millones, frente a los 18.700 millones anunciados con anterioridad.
Una jugada inevitable
Para muchos de los analistas consultados por iProfesional.com, este paso era inevitable, tal como expresó el economista Orlando Ferreres: “La nacionalización de los bancos es prácticamente la única salida por el momento”.
Ferreres también explicó que “si el Estado les brinda el apoyo financiero que necesitan, los fondos del Gobierno serían casi todo su capital”.
“Es decir que, en la práctica, las entidades serían del Gobierno a pesar de que éste no los maneje", subrayó.
En este contexto, añadió que “hay dificultades para que los privados capitalicen y lo único que queda es el Estado. Y mucha gente, justamente, quiere que el Estado los adquiera”.
Al respecto, Miguel Angel Broda explicó a iProfesional.com que “el sistema financiero internacional tiene pérdidas de por lo menos dos veces su capital y necesita una millonaria inyección de fondos. El problema es que no hay recursos privados que quieran capitalizar a entidades en problemas, sobre todo porque los que lo hicieron entre noviembre de 2007 y abril de 2008 perdieron 70 u 80% de lo que habían puesto”.
Y concluyó: “Los gobiernos del mundo tienen sólo dos alternativas: o dan garantías y compran activos malos, o capitalizan los bancos”. Una de las cuestiones que más pesaron a la hora de las decisiones fue la ideológica. Ya que para muchos estadounidenses este tipo de acciones va en contra de sus principios.
¿Un nuevo capítulo en la crisis?
Si en algo acuerdan los economistas, es que la debacle de los mercados no ha tocado fondo. Lo que genera divergencias es si la decisión de Obama de "tomar al Citi por las astas" representa un hecho bisagra o simplemente ratifica la política adoptada a fines del 2008.
En un balance crítico de las medidas adoptadas previamente por la Casa Blanca, el economista de la UBA Claudio Katz señaló que "los salvatajes realizados no han dado ningún resultado".
"La razón es que el rojo de los bancos, la quiebra, es mucho mayor de lo que todo el mundo imagina. Hay un problema con la incobrabilidad de los créditos de las grandes empresas, por más que inyecten fondos, los bancos no se capitalizan", aseguró.
De este modo, para Katz, la decisión tomada con el Citi es un camino sin retorno.
"Abre una nueva etapa de nacionalizaciones transitorias, que va camino a convertirse en una tendencia generalizada", sentenció.
Y añadió: "A medida que pasa el tiempo y exista una mayor insolvencia de los bancos, cada vez van a ir pasando más a manos del Estado".
En cambio, otros analistas le bajan el tono a la intervención estatal en el Citi por considerar que la medida convalida la política adoptada en diciembre, cuando la Fed entregó al banco un prestamo equivalente al 8% de las acciones de la entidad.
"No es un aumento de los fondos públicos para respaldar a entidades financieras, sino que transforma el préstamo en acciones del Citi, sin que esto implique más fondos del Estado", señaló Jorge Castro, director del Instituto de Planeamiento Estratégico.
Con esto, explica el analista, "el Gobierno se transforma en principal accionista individual del citi".
De esta forma, según Castro, lo que ha hecho el gobierno es indicar que "comparte la suerte del banco y que no puede quebrar".
Duro golpe para los accionistas
Con esta jugada, las tenencias de accionistas existentes disminuirán a un 26 por ciento. Actualmente, el Gobierno controla un 8 por ciento.
"El Gobierno es el nuevo jefe", comentó Mike Holland, de la administradora de dinero Holland & Co. "Cada gran decisión no saldrá de Park Avenue, sino de Washington, D.C", añadió.
La primera reacción de los mercados ante el nuevo acuerdo puso sobre el tapete el profunda desencanto de los inversores, ya que las acciones del banco se desplomaron casi 40% en la rueda del viernes en Wall Street.
El valor de la acción se ubicaba el viernes por debajo de los u$s1,48, cuando hace exactamente un año cotizaba a u$s24,59 por unidad.
En lo que va del año, la pérdida en bolsa es ya de un 76% y en doce meses, se amplia a un 94%.
Las ventajas de replicar la experiencia del Citi
Tras la jugada del gobierno de EE.UU., por estas horas se intensifica el debate sobre si la eventual nacionalización de entidades puede poner punto final a la crisis y si, asumido el costo político, puede marcar un punto de inflexión que otorgaría mayor calma a los inversores.
“La nacionalización sirve para cortar la especulación de corto plazo. Puede ayudar a cambiar el humor del mercado y a salvar la economía real. Lo peor que puede pasar es que ésta se siga deteriorando”, explicó Agustín Cramo, analista de mercados internacionales.
Para Daniel Artana, de FIEL, “la nacionalización transitoria de la banca tiene la ventaja de resolver el problema de la incertidumbre sobre cuánto valen los activos de los bancos, y las entidades no tienen que mandar todos los activos tóxicos a pérdida”.
¿Tiene fecha de vencimiento la crisis?
Ahora, ¿qué se puede esperar tras estas medidas? Desde la consultora de Orlando Ferreres, Fausto Spotorno resaltó: “hasta que los activos y pasivos de los bancos no sean revaluados, la crisis no se va a solucionar”.
Por su parte, el ex ministro de economía del Gobierno de Carlos Menem, Roque Fernández, se mostró cauto ante el impacto de la medida y aseguró que Obama está lejos de ver una luz al final del túnel.
"Si me preguntan si esto es suficiente, yo pienso que todavía falta. Con un 36% de participación accionaría evidentemente acrecienta los fondos que se agregan al citiban, pero no alcanza para resolver la crisis", afirmó.
Los expertos coinciden en señalar que la nacionalización resuelve uno de los problemas de fondo, que es el de la valuación de activos. Pero queda otro, no menor, en pie: la reactivación del crédito, un elemento clave para que los mercados puedan, poco a poco, encontrar un poco más de calma. Claro está, que para esto suceda debe volver la confianza.
Al respecto, se refirió el economista Camilo Tiscornia, de Castiglioni, Tiscornia y Asociados: “La nacionalización sería una forma de resolver el miedo que existe sobre la insolvencia de algunos bancos, pero eso no va a resolver automáticamente el hecho de que vuelva a haber crédito. Aunque en la medida que tome más participación el Estado, es probable de que sea éste el que trate de forzar los préstamos”, apuntó.
Gustavo Perilli, economista de Finsoport especializado en temas internacionales, coincidió con Tiscornia: “Si los bancos siguen cayendo, lo que queda es una corrida contra todo el sistema financiero”.
De este modo, “la nacionalización sirve para evitar que se profundice el miedo. No va a solucionar del todo la crisis, pero puede evitar una catástrofe. La crisis se va a solucionar cuando los consumidores empiecen a consumir y los productores a producir”. Y para ello deberá reactivarse el crédito.
(c) iProfesional.com
Fuente: InfobaeProfesional
El oráculo también hace tonterías
Los resultados del fondo de Warren Buffet se desplomaron el año pasado
SANDRO POZZI - NUeva York – 01/03/2009
Los bolsillos del hombre más rico del mundo también sufren con la crisis financiera. Cada año por estas fechas, Warren Buffett cuelga en su austero portal en Internet la carta dirigida a los accionistas de Berkshire Hathaway -el fondo en el que ejerce como presidente-, en la que explica cómo fueron las cosas. Y saca también su bola de cristal, para adivinar lo que está por venir. Buffet hizo todo eso ayer mismo. En ambos casos, la cosa pinta mal, mucho peor de lo que aventuró hace tan sólo un año.
Buffett, conocido en todo el mundo como el oráculo de Omaha por su sensacional historial de éxito en Wall Street, reconoce ahora abiertamente que durante 2008 hizo "algunas cosas estúpidas" con las inversiones que maneja su poderoso brazo financiero, el fondo Berkshire Hathaway. Los números le delatan: su compañía logró salvar los números rojos por los pelos. El beneficio neto del fondo de inversión cayó un 96% en el cuarto trimestre respecto al año anterior, hasta los 117 millones de dólares (poco más de 90 millones de euros). Minucias para un rey Midas cuyas inversiones suelen deslumbrar.
Su gran error, como explica en la misiva, fue comprar una gran participación de la petrolera ConocoPhillips cuando el precio de la energía estaba a punto de alcanzar su máximo, el pasado julio. "De ninguna manera anticipé la brusca caída de precios que sucedió la segunda mitad de 2008". El precio del barril ha pasado de rozar los 150 dólares a cotizar en torno a los 40. "Me equivoqué de lleno", lamenta. Buffett predice que el petróleo retomará la senda alcista y superará el listón de los 50 dólares, aún muy por debajo de lo que se pagaba en verano, lo que le supondrá unas pérdidas para sus inversores "de varios miles de millones". Pero el financiero encaja el golpe con deportividad: "En un partido de tenis, mis fallos podrían considerarse errores no forzados".
No es el único tropiezo. El magnate lamenta haber vendido algunas acciones que le hubiera gustado mantener. Pero tal vez el mayor error fuera una inversión de 244 millones en dos bancos irlandeses, que han perdido un 89% de su valor bursátil. Y siguen cayendo. Hace unos años, Buffett dijo que la banca se metió en inversiones más que dudosas durante los años de excesos que provocaron la crisis actual. "Tras retirarse la marea se ha visto que algunos nadaban desnudos", dijo. Ahora aparece como una víctima más de su propia metáfora.
El oráculo, de 78 años de edad, no parece mostrarse muy preocupado por "la caída significativa" de la cartera de inversiones de Berkshire. Quizá porque el fondo dispone de suficiente efectivo para reforzar su posición en esas y otras compañías. Y entre las cosas positivas, destaca las operaciones de compra en General Electric, el banco Goldman Sachs -que le llevó a ser considerado como en los mercados como "inversor de último recurso", a la manera del Gobierno, en plena debacle del sector financiero- y el grupo de alimentación William Wrigley.
En el conjunto del año pasado, el beneficio neto para Berkshire fue de 4.990 millones, frente a 13.210 millones en 2007. La caída, superior al 60%, se explica por el pobre resultado de las aseguradoras -como Swiss Re- que tiene en cartera, y por el batacazo en las cotizaciones de Coca-Cola y American Express, además de Conoco.
El año 2008 fue el peor de Berkshire Hathaway en las más de cuatro décadas que Buffett lleva al mando. El valor de sus activos cayó un 9,6% en el conjunto del año, hasta los 11.500 millones de dólares (poco más de 9.000 millones de euros). El único retroceso hasta ahora se produjo tras el estallido de la burbuja tecnológica, en 2001, con una caída del 6,2%.
Hace sólo un año auguró que la crisis había tocado fondo y se fue de gira por Europa buscando oportunidades para invertir. Pasó incluso por Madrid, donde se reunió con varias compañías familiares. Su optimismo estaba injustificado: apenas ha invertido en Europa, al menos por ahora, y la luz al final del túnel sigue lejos de aparecer, tanto en la economía como en los mercados y en el sector financiero. Sus perspectivas para 2009 son pesimistas: el año será "malo" y quizá la economía siga así "bastante más tiempo". Buffett se muestra incapaz de vislumbrar si la Bolsa subirá o si aún bajará más. Como casi todo el mundo.
"Los inversores de todas las estirpes están ensangrentados y confusos, como si fueran pequeños pájaros en medio de un partido de bádminton", dice el oráculo en su carta, reflejando el estado de ánimo que desde final de año se vive en el parqué. A pesar de tanta negatividad, el rendimiento obtenido por su vehículo de inversión es mucho mejor que el de la media del índice Standard & Poor’s, cuya cartera perdió un 27,4% el año pasado. En la misma carta se declara "optimista" y se muestra "confiado" en que los días de "la mejor América" están por llegar, en un mensaje que recuerda a algunos discursos del nuevo presidente norteamericano, Barack Obama.
No es casualidad: Buffett fue uno de los asesores de Obama durante la campaña. Y en términos financieros, ofrece una señal parecida: reitera que momentos como éste, con el mercado está por los suelos, suponen una gran oportunidad para invertir en valores de buena calidad. En un tono sencillo y directo, concluye diciendo que "nos guste o no", en esta crisis "todos estamos en el mismo barco": Wall Street (el mundo financiero), Main Street (el público en general) o las calles adyacentes. Y defiende la acción decidida que emprendió el pasado año el Gobierno de Estados Unidos para evitar un colapso total del sistema financiero: "No hay que olvidar que afrontamos peores suplicios en el pasado, y vencimos".
Las perlas
- DIOS Y EL DINERO. "Confiamos en Dios. El resto, que pague con dinero". Buffett asegura que desde hace años ese es el mantra del que de verdad se fía. La primera parte la frase aparece en los billetes y monedas estadounidenses. El resto, cosecha propia.
- TENIS Y BÁDMINTON. Con un lenguaje directo, las cartas de Buffet a los accionistas suelen contener metáforas ocurrentes. En la de este año (algo más extensa que la mayoría) destacan un par de metáforas deportivas. "En un partido de tenis, mis fallos podrían considerarse errores no forzados", dice en referencia a sus inversiones. Y sobre los últimos 20 meses de infarto en los mercados bursátiles: "Los inversores de todas las estirpes están sangrientos y confusos, como si fueran pequeños pájaros en medio de un partido de bádminton".
- EL ORÁCULO NUDISTA. El desplome bursátil deja grandes oportunidades. Buffet lo dice a su manera: "Nos sentimos como mosquitos en medio de una playa nudista. Vemos dianas jugosas por todas partes".
- LOS CULPABLES. "Los derivados son peligrosos", ataca. Las pérdidas en los activos relacionados con el mercado de la vivienda tienen, a su juicio, un responsable: "Los modelos usados por los hombres de negocios, las agencias de calificación y los inversores eran defectuosos".
Fuente: El País
