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Un gran paso hacia el fin de las finanzas poco reguladas

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B000063XJS.01.LZZZZZZZ Publicado el 22/09/2008, por Martin Wolf. Financial Times

¿Qué fue mal? ¿Ha pasado lo peor? ¿Qué lecciones pueden extraer las instituciones financieras? ¿Y los gobiernos? Éstas son mis respuestas.

Vivimos tiempos dramáticos. El lunes de la semana pasada, tres de los cinco principales bancos de inversión de Wall Street –Bear Stearns, Lehman Brothers y Merrill Lynch– habían desaparecido como entidades independientes. La aseguradora AIG sufría serios problemas. Lo que era, hasta hace poco, el valiente nuevo sistema financiero estadounidense se está deshaciendo ante nuestros ojos.

Durante las últimas semanas tres experiencias han ayudado a aclarar mi mente sobre esta crisis. Primero, releí la obra maestra de Hyman Minsky, Stabilizing an Unstable Economy (Estabilizando una economía inestable). Segundo, entablé un debate sobre el futuro de la regulación con mi admirado colega y amigo, John Kay. Finalmente, el lunes, moderé una sesión sobre esta crisis en el Seminario de Swift International Banking Operations Seminar de Viena.

Estructuré esta última discusión en torno a cuatro preguntas. ¿Qué fue mal? ¿Ha pasado lo peor? ¿Qué lecciones pueden extraer las instituciones financieras? ¿Y los gobiernos? Éstas son mis respuestas a esas preguntas.

¿Qué fue mal? La respuesta corta: Minsky tenía razón. Un largo periodo de rápido crecimiento, baja inflación, bajos tipos de interés y estabilidad macroeconómica alimentó la complacencia e incrementó la buena disposición a asumir riesgos. La estabilidad llevó a la inestabilidad. La innovación –titulización, financiación fuera de balance, etc– ha demostrado, como siempre, ser parte importante de la historia. Tal y como advirtió Minsky, la fe excesiva en unos mercados sin regular ha demostrado ser una trampa.

Este es el progreso de los vividores que ha disfrutado EEUU durante la última década. Pero no ha estado solo. Las burbujas inmobiliarias y de la renta variable afectaron también a partes de Europa. Pero fueron especialmente importantes para Reino Unido.

¿Ha pasado ya lo peor? Desde luego que no. La cura de excesos a esa escala implica cuatro gigantescos procesos: la caída de los inflados precios de los activos a un nivel sostenible; el desapalancamiento del sector privado; el reconocimiento de las pérdidas resultantes para el sector financiero; y la recapitalización del sistema financiero. Y el colapso de la demanda del sector privado, a medida que los créditos se hundan y la riqueza caiga, empeorará aún más todo esto.

Ninguno de estos procesos se aproxima siquiera a su culminación. Algunos apenas han comenzado. En especial, el precio de la vivienda, que aún está cayendo incluso en EEUU. De forma similar, los ajustes en la economía real, particularmente el inevitable aumento de la tasa de ahorro de los hogares estadounidenses y británicos está en una fase inicial. El miedo es omnipresente, ya que incluso la gente uniformada comprende el grado de incertidumbre existente sobre las consecuencias. Esto queda demostrado, entre otras cosas, por los altos márgenes sobre los créditos interbancarios sobre los tipos oficiales esperados.

La gran pregunta es si serán necesarios rescates gubernamentales de unos sistemas financieros sin capital. En el mundo actual, los gobiernos tienen cuatro formas de rescatar a las economías en crisis: ofrecen generosa liquidez de último recurso, por medio de los bancos centrales; asumen inmensos déficit fiscales, para compensar la deuda del sector privado mediante el superávit financiero; sustituyen deuda pública por deuda privada, para recapitalizar unos sistemas financieros sin recursos (con frecuencia después de una rotunda nacionalización); y pueden asumir la erosión inflacionaria del valor de la deuda privada (y pública).

¿Cuáles son entonces las lecciones para las instituciones financieras? Las puertas estables se están cerrando después de que manadas de caballos se hayan desbocado. El Instituto de Finanzas Internacionales, por ejemplo, ha redactado un excelente informe sobre lo que debería hacer la industria financiera (o, mejor aún, sobre lo que debería haber hecho).

Este informe se centra, con acierto, en la gestión del riesgo (que fue un desastre), la compensación (que fue grotescamente irresponsable), el modelo de creación y distribución (que estaba plagado de irresponsabilidad y fraude), etc. No hay duda de que la gente asustada por esta crisis se tomará en serio sus consejos, durante un tiempo. Pero dentro de unos años –20, con suerte, menos de 10 si las autoridades contienen las secuelas– será historia antigua. En los sistemas financieros sin regular, las crisis son inevitables, igual que lo son los terremotos en las zonas de fallas. Lo único incierto es el momento de su estallido.

¿Cuáles, finalmente, son las repercusiones ahora para los gobiernos? Las preguntas son dos: cómo reestructurar la regulación para el largo plazo; y qué número de medidas anticrisis tomar ahora.

John Kay expone que hay que restringir la regulación. Su argumento se basa en dos propuestas: primera, el sistema de pagos es el principal servicio financiero; y, segundo, los reguladores no pueden anticipar con éxito las decisiones de grandes instituciones con personal mejor pagado y más motivado que ellos mismos.

Los gobiernos ni siquiera deberían, expone, pretender que pueden hacer que el sistema financiero sea estable. Deben, en su lugar, intentar “aislar a la economía real de las consecuencias de la inestabilidad financiera”. Esto último, sugiere, se puede conseguir asegurando pequeños depósitos, creando un régimen de resoluciones especiales para los bancos y haciendo del esquema de depósitos de seguros un acreedor privilegiado.

Encuentro la postura de John atractiva y a la vez poco realista. Un motivo de peso para este último parecer es que los gobiernos definen correctamente la provisión de intermediación financiera y los seguros como servicios esenciales en la economía moderna. Otro, es que resulta imposible proteger a la economía real de una crisis del sistema crediticio. Por este motivo, los gobiernos no pueden prometer de manera creíble lavarse las manos ante una crisis financiera. Esta es la lección extraída de, al menos, un siglo de historia financiera.

Más regulación
Una mayor regulación es algo inevitable, incluso si está destinada a ser imperfecta. Deben darse dos pasos. Uno consiste en buscar normas sencillas para mejorar el funcionamiento de todo el sistema, siendo la más obvia los requisitos de capital opuestos al ciclo.

El otro paso, mucho más polémico, es un cambio en la psicología de la supervisión lejos de la presunción de que las instituciones saben lo que hacen. Hay que prestar más atención a un comportamiento que puede parecer racional para cada institución, pero que no lo puede ser si todas se adhieren a él al mismo tiempo. Me viene a la mente la financiación de las burbujas del precio de la vivienda mediante créditos equivalentes al 100% del valor tasado, porque los precios lo único que hacían era aumentar.

Hoy en día, sin embargo, las autoridades también deben preguntarse si lo que están llevando a cabo hará más seguro el sistema después de que la crisis haya finalizado. Según estos estándares, la decisión de no rescatar a Lehman Brothers parecía correcta. Pero también fue arriesgada, porque tenemos que superar la crisis.

Esperemos que la decisión demuestre ser parte de la solución, y no un empeoramiento de los retos que afrontamos.

Fuente: Expansión

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Autor: donquijote2000

Abogado, Especialización en Derecho Económico Internacional. Experiencia en Banca como Director, Consultor Jurídico, Compliance Officer in Anti-Money Laundering, Director en Hoteles y Asesor en Finanzas tanto en el sector Público como Privado. Por último, cansado de tantas mentiras o medio verdades.

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