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¿Quién califica a los calificadores?

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MARIO S. GUILLÉN

Domingo, 05-10-08

0228487El 2 de julio de este mismo año, el banco de inversión norteamericano Merril Lynch publicaba un informe sobre General Motors, el gigante de la industria del automóvil norteamericana. En él, dejaba de recomendar la compra de acciones de la compañía y pasaba a decir que estas acciones tendrían un «rendimiento menor». Incluso dijo que la quiebra de la empresa «no era imposible». La reacción del mercado no se hizo esperar: desplome del 15% en la acción del fabricante de vehículos, de cuyo capital bursátil se esfumaron millones de dólares en un solo día. El responsable, Merrill Lynch, el mismo Merrill Lynch que el pasado 15 de septiembre tuvo que ser adquirido por Bank of America para evitar su quiebra.

El pasado 4 de agosto, el banco de inversión Lehman Brothers publicó otro informe, también sobre GM, en el que esperaba una pérdida de 14,51 dólares por acción del fabricante y aseguraba que necesitaría entre 2.000 y 2.600 millones de euros para salir adelante. Sí, Lehman. El mismo Lehman que, con su quiebra el pasado 15 de septiembre, ha puesto en jaque la supervivencia del sistema financiero norteamericano.

Éstos son sólo algunos de los ejemplos que pueden explicar el inmenso poder que tienen los calificadores e informadores en el sistema financiero actual, en el que la información es un valor muy preciado, capaz de influir en el mercado y que además fluye de forma unidireccional y desde unos pocos actores: compañías (sobre todo entidades financieras de inversión), y agencias de rating que, en otro nivel, miden el riesgo de invertir comprando deuda, bien sea de empresas o de instituciones públicas o Estados.

Tanto unos como otros tienen la sartén por el mango, con el agravante de que muchos han estado emitiendo informes negativos sobre otras compañías mientras su bancarrota se estaba gestando.

¿Tiene esto lógica? «Ninguna», asegura Juan Carlos Ureta, presidente del broker Renta 4, «porque una parte del sector financiero había perdido completamente el norte y entrado en una zona de absoluta falta de racionalidad». Ureta asegura que «cada vez que leía un informe de estos analistas, a veces hablando mal de otras entidades de su propio sector o de empresas industriales y muchas veces sin un conocimiento profundo de lo que hablaban, me desagradaba profundamente».

Pero, si algo bueno tiene esta crisis, «es que habrá una limpieza de lo peor del sistema financiero, que eran este tipo de prácticas que han hecho mucho daño a las Bolsas y al sistema». No obstante, no parece tan claro que la crisis financiera que estamos viviendo vaya a suponer el fin de estas prácticas de dudosa ética, aunque «deberían de ponerse todos los medios para que así fuera», asegura Ureta.

Rumore, rumore

Y es que la rumorología tiene gran importancia en el sistema financiero, y muchas veces los inversores reaccionan de forma desmesurada ante las informaciones que se generan, bien sean a través de informes o de calificaciones crediticias. Cuando no existen hechos, se toman las opiniones de otros como si de hechos se trataran.

Una fuente que conoce bien el trabajo de las agencias de calificación crediticia —que ofrecen unos servicios diferentes a los informes de la banca de inversión— asegura a EMPRESA que «los ratings a las compañías nunca han afectado mucho a la renta variable. Sin embargo, ahora mismo el mercado se mueve por ímpetus y se le da un significado a las subidas o bajadas de rating que no es el original, porque los ratings miden la probabilidad de que una deuda sea devuelta a largo o a corto plazo, y no son una recomendación para comprar o vender acciones de cualquier compañía en un mercado».

Pero así se utilizan, y mucho. En mayo de este año, por ejemplo, la subida de la calificación de los bonos de Brasil por parte de Standard & Poor’s hizo que se dispararan las acciones de empresas españolas con intereses en ese país, como Telefónica o el Santander. Desde la propia S&P se reconoce que «los inversores utilizan los ratings para sus decisiones de inversión, pero como otras muchas cosas».

En cualquier caso, nadie puede discutir el enorme poder de estas agencias de rating, de las cuales en la práctica tres de ellas controlan un porcentaje muy alto del mercado (la citada S&P, Moody’s y Fitch). La pregunta está clara: ¿es necesario volver a concebir todo el sistema, generar más competencia o una regulación más firme de este negocio?

Cambio de modelo

El presidente de Renta 4, Juan Carlos Ureta, apuesta por «fomentar agencias o por lo menos un sistema de pago público para educar al inversor en los temas de inversión. Se ha demostrado que uno no podía fiarse de las calificaciones de las agencias de rating, porque revisando los informes ‘a posteriori’ se ven errores muy gruesos». Por tanto, fomentar una educación «con coste público» es su propuesta. «Con respecto a las agencias, sus calificaciones y sus resultados hablan por sí mismos».

Sin embargo, un experto en este negocio, ahora en una caja de ahorros, asegura que «es difícil tener más número de agencias porque los inversores se basan en el prestigio que han ido alcanzando durante muchos años de trabajo. De hecho, Basilea II (unos acuerdos sobre el sector bancario que pretenden asegurar que los bancos se pongan a salvo del riesgo financiero) da mucho poder a las agencias, porque muchas entidades tendremos que dejar capital dependiendo de la capacidad crediticia que tenga asociada». Es decir, el rating que les otorguen las agencias influirá en hasta dónde pueden prestar dinero y, por tanto, los beneficios que pueden tener en momentos alcistas.

También la Unión Europea ha visto en la «megacrisis» finaciera una oportunidad para cambiar ciertas cosas relacionadas con las agencias de rating. La propuesta es crear una agencia de control que vigile posibles riesgos de conflictos de intereses ligados a sus sistemas de remuneración. Parece haber consenso sobre la necesidad de modificar el sistema actual.

Gota que colma el vaso

La quiebra de Lehman Brothers, que cayó al abismo de la bancarrota sin que las agencias pudieran anticiparlo, ha sido la gota que ha colmado el vaso. Desde la propia S&P se habla del caso del banco de inversión norteamericano como de un «precipicio de crédito», en el que la calidad de crédito de la compañía se deterioró rápidamente en un corto periodo de tiempo. De esta forma, concluyen diciendo que «la caída de Lehman refleja una hundimiento de la confianza que acabó suponiendo una amenaza real para la viabilidad de la compañía, de una forma que el análisis sobre los fundamentos del crédito no podía anticipar».

Y de igual modo se manifiesta Fernando Mayorga, consejero delegado de Fitch Ratings España, para explicar casos como éste: «Ha habido casos en los que una entidad con un rating de inversión que ha bajado no haya sido porque tenga falta de solvencia, sino porque no puede acceder a los mercados para financiarse».

En cualquier caso, es lógico que el mercado pida responsabilidades a sus guardianes para que en el futuro se puedan anticipar caídas y colapsos como los vividos. Saber distinguir el grano de la paja en los mercados financieros del siglo XXI es clave para la estabilidad de la economía mundial.

Lanzas a favor

Porque es mucha la responsabilidad, y los millones que puede costar un error. En cualquier caso, fuentes financieras nos aseguran que las agencias «realizan análisis pormenorizados sobre cada empresa o institución, basándose en información pública —por ejemplo, la que dispone el Banco de España— y en otra información que es confidencial».

Y avisan: «no es correcto hablar de las agencias como elementos que no han hecho bien los deberes ni que tengan más culpa que otros. Todo el mundo ha cometido fallos: los empresarios, los gobiernos y la gente de la calle endeudándose por encima de sus posibilidades».

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Autor: donquijote2000

Abogado, Especialización en Derecho Económico Internacional. Experiencia en Banca como Director, Consultor Jurídico, Compliance Officer in Anti-Money Laundering, Director en Hoteles y Asesor en Finanzas tanto en el sector Público como Privado. Por último, cansado de tantas mentiras o medio verdades.

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